Por Isabel Delgadillo

1979, mueren Charles Mingus y Jean Renoir, pero nacen Heath Ledger y Norah Jones. John Wayne le deja al mundo, el récord de la mayor cantidad de papeles protagónicos en la historia del cine, mientras Pink ve por primera vez la luz. Vienen y van. Van y vienen, durante el año de la cabra. Año que, según el horóscopo chino, se caracterizaba por la honradez, honestidad y timidez. Una timidez que perdida en la frontera de Irán con Irak, o viceversa, dio como resultado la primer guerra del golfo pérsico, la segunda crisis petrolera, un colapso económico, el fracaso rotundo de López Portillo, quien no pudo defender como perro a la moneda mexicana, y del pachanguero de Jimmy Carter que, al no encontrar una salida a la crisis económica, prefirió dejar ir todos los problemas de su nación, inhalando un poco de cocaína, en una de las discos más exclusivas de Nueva York. La Gomorra moderna le llamaban, al paraíso de las celebridades, a la esperanza de los guapos don nadie, al Studio 54.

“Quiero que todo el mundo sea guapo y divertido” era uno de los lemas de Steve Rubell. Un hedonista que, junto con Ian Schrager, había abierto un club, ubicado en la calle 54, para la sociedad élite, no sólo de Manhattan, sino del mundo entero. Un mundo de ensueño, en donde todo era posible, nadie era juzgado, mucho menos etiquetado. El Studio 54 era una fiesta eterna, a la que todos deseaban asistir. Las personas anhelan ser elegidas, para entrar en el paraíso de Rubell. Ese en donde Bianca Jagger, se paseaba sobre un caballo blanco, al ritmo de los Village People, mientras a Frank Sinatra se le prohibía la entrada.

Todo los Don Nadie, debían ser preciosos. No era de esperarse. Era parte del drama, del show, que cada noche, se presentaba en aquella pista de baile, que había sido casa de la ópera, teatro y estudio de televisión. Las ideas teatrales y televisivas, representadas en el pasado, se materializaban en los palcos sexuales, en los meseros con carita de ángel y en las preciosas azafatas encargadas de proveer líneas de coca en la zona VIP. Sin duda, se tenía que ser hermoso, para representar la visión de un dios, que buscaba su propia perfección, en las necesidades de los otros, en la imperfección de los perfectos, que gastaban millones de dólares, por horas de libertad, por muchos momentos de imperfección. Esa imperfección prohibida en el mundo del cine, la radio y la televisión.

No es de extrañarse que Rubell, se pavoneaba en cada programa de televisión. Que alardeaba de los muchos dólares que ganaba cada noche. La publicidad lo era todo. La fama era lo más importante. El dinero era la salvación. Una plegaria nocturna que se repetía a él mismo, mientras Grace Jones cantaba su versión de La vie en rose. Una vida rosa que sólo tenían las estrellas de Hollywood, los príncipes árabes y la mafia, mientras el resto de los mortales escuchaban al cadenero cantar ¨Tú sí, tú no¨, o soñaban desde el hastío de sus hogares, frente a ese carísimo televisor, que les había desfalcado el bolsillo.

En el Studio 54 no sólo se evadía a la realidad, también se evadían los impuestos. 2.5 millones de dólares de evasión de realidad, para ser exactos. Ese show man, el hombre en la luna, que mitificó al famoso club de baile, gracias al rumoreo y sus indiscreciones en televisión, se había condenado. A principios de los años ochentas, Rubell fue arrestado. Su fiesta había terminado, junto con la época plateada de los años setenta.

Escrito por Redacción Linotipia

Un comentario

  1. A very interesting read. I always like seeing just how many things can be occurring simultaneously in one pivotal year. I was not familiar with studio 54 previously and am looking forward to learning a bit more about it. As a musician, this kind of topic interests me greatly.

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