Por Carlos Ocegueda

Sonó el teléfono a las diez de la mañana. Nunca me ha gustado contestar, prefiero dejar que suene, suene y suene hasta que la persona del otro lado crea que no hay nadie.

– Diga – descolgué al fin, con los ojos entreabiertos, el cabello despeinado y los pies descalzos.

– ¿Se encuentra Rita Cabrera?

– No ¿Quién la busca? – casi siempre suele ser mi madre quien me cuenta cuánto quiere a su esposo o mi padre quien me cuenta cuánto quiere ser viudo.

– ¿Con quién hablo?

– Roberto, su esposo. ¿Quiere dejar algún mensaje?

– ¿Roberto? – preguntó sorprendida la voz al otro lado de la línea.

– Sí, ¿quién es?

– Nos comunicamos de la SEMEFO, acabamos de recibir un cuerpo con el nombre de Roberto Meléndez.

– Creo que se equivocó.

Al parecer había muerto. Cuántas veces me quedé acostado en la sala, con el ventilador encendido y las luces apagadas a pensar sobre la muerte, mi muerte. A veces ahorcado, otras quemado y algunas fusilado. No quiero morir aún, pensé. Sentí una extraña presión en el pecho.

– ¿Sigue ahí? – preguntaron, donde se alcanzaba a escuchar una suave interferencia que comencé a confundir con el oleaje del mar.

– Claro, claro, aquí estoy, dígame.

– Necesitamos que alguien venga a identificar el cuerpo.

– ¿Pero cómo morí?

– Las causas son diversas.

– ¿Diversas?

– Como escuchó, tiene fracturas en la infancia, hemorragias en la juventud, derrames en la vejés y opresiones en el pecho gracias al fracaso.

Definitivamente era yo. Ahora sólo quedaba recordar cuándo pude haber muerto. No suelo salir mucho, ni quedarme dormido después de las tres que es cuando sale a jugar la muerte. Tal vez el aburrimiento y la falta de sexo sean la causa de defunción en gente de mi edad.

– ¿Y a qué hora morí?

– Deje reviso el expediente, el forense asegura que entre la una y dos de la mañana – el oleaje se escuchaba con más fuerza.

– Entiendo, entiendo. Mire, por ahora no puedo ir a recoger el cuerpo, acabo de despertar, tengo hambre, ganas de orinar y mi esposa llega en unas horas, si gusta puede volver a marcar más tarde.

La interferencia se intensificaba, la marea subía y algunas gaviotas se alejaban de la costa.

Esto de morir ha de tener sus ventajas. Ya no tendría que preocuparme por comer, ducharme, escuchar a los testigos de Jehová o a mi esposa quejarse; Roberto, ¿qué? ¿me quieres? Depende Rita. ¿De qué? Del día. Hoy es lunes. Entonces no. ¿Y los martes? Menos.

– Me comunico más tarde.

– Esperé, deme más características del cuerpo, así no hacemos que Rita dé una vuelta en vano y le llore a un muerto que ni es el suyo.

– Cómo no se me ocurrió antes. Cabello lacio con toques plateados, manos de pintor frustrado, cara de modelo mal pagado y un lunar en el cachete derecho donde cabe el mundo.

– ¿Lunar, dijo?

– Así es.

– Oiga, pero si ese no soy yo, en mi lunar cabe a lo mucho una ciudad o dos, de preferencia con pocos habitantes.

– ¿De verdad? disculpe las molestias, en nombre de la compañía, el jefe, el subjefe, la secretaria, el conserje, la amante del gerente y los muertos sentimos este mal entendido – se cortó la línea junto al oleaje del mar y el graznido de las gaviotas.

Es por eso que evito contestar los teléfonos, las cartas, los correos y las señales de humo, nunca falta el número equivocado.

Escrito por Redacción Linotipia

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