Por: Laurel Laui

Soy una artista plástica de 23 años que prefiere escribir sobre arte que producirlo. Mes tras mes estarán recibiendo a lo que yo llamo una traducción del lenguaje visual al lenguaje escrito, de obras y artistas varios y distintos entre sí. Espero estas palabras los lleven no a conclusiones sino a cuestionarse acerca de sus propias opiniones respecto al arte, su impacto y su función. ¡Exijámosle a Tijuana más diálogo! La mejor remuneración serán los comentarios y opiniones que ustedes lectores decidan compartir…

Conozco personas que van a las muestras de arte por qué no hay nada más que hacer ese día, otras lo consideran algo recreativo, otras pasaban por ahí, otras-mis favoritas con las que suelo discutir-van por posers. Para tomarse fotos y salir en las redes sociales.

Asistir a una exposición es fácil cuando la entrada es gratis o de bajo costo y porque casi siempre hay ambigú. El ambigú es la pieza más visitada de cualquier exposición de arte y la favorita de muchos asistentes, también es la que recibe las críticas más sinceras.

Me empeño en creer que existe un grupo de personas que asiste a ver las exposiciones con expectativas, que entran emocionados y dispuestos a aprender y a ser tocados, a ser sensibilizados o mejor aún a ser incomodados por el arte.

Escribo para estas personas a los que van por decisión propia y gustosa, que entienden que los papeles de curador y crítico no son los de déspotas todopoderosos que apuntando con el dedo deciden lo que está bien y lo que está mal. Esto ha quedado en el pasado para darle lugar a una visión humana holística que describe, informa y desglosa para el público la obra de un artista para su mejor entendimiento e interpretación Esta visión del crítico de arte me parece más honesta.

Hablemos entonces del texto curatorial, que por ahí me han dicho, que las nuevas generaciones prefieren la inmediatez y que “¡Que hueva leerlo!” que mejor lo pongan al final; que “leerlo es opcional” o “no queremos que nos contamine la opinión de un curador o un crítico”.

Esta semana me encontré con una obra nueva para mí, la de Cosme Noguerón. Nacido en 1958 en el municipio Corral-Rubio de la Provincia de Albacete, España. Licenciado y Doctor en Bellas Artes por la Facultad de San Fernando de Madrid y la Universidad de Granada. Me he aproximado a su obra por medio de su exhibición de nombre Geometrías y Laberintos, presente en la Sala de Arte Álvaro Blancarte de la UABC y les cuento que no ha sido fácil conciliar las cuestiones tan dispares que sus piezas han detonado en mí.

La obra de Noguerón presenta atmósferas calmas, planas. Nos envuelve en una nube de tranquilidad, conseguida por el autor por medio de la repetición de patrones no simbólicos pero si reconocibles y reproducibles. Las piezas evocan serenidad y reposo. En la obra de Noguerón reina el silencio.

El contenido de la obra es de estructuras arquitectónicas y ambientes sobrios. La geometría es el instrumento facilitador de la construcción pictórica y el pilar de la obra de Noguerón. Obra que en principio, se encuentra codificada en lo que pareciera una ausencia de conceptos intrincados.

Este parecer resulta incorrecto cuando sometemos la obra a una lectura abstracta que dilucida entonces los conceptos de lo permanente y del tiempo (o la ausencia de éste). En las obras solo existen dos personajes; las estructuras y los perros de Jenofonte presentes en tan sólo dos de sus pinturas. Dicho elemento es el único que alude a la vida y al dinamismo sin dejar claro cuál es su papel, un mensaje que la obra es incapaz de explicar por sí misma.

Las piezas en Geometrías y Laberintos nos hablan en colores desaturados; los grises, los azules, marrones y ocres lideran la muestra. Noguerón utiliza óleos que se presentan en formas de veladuras, correctores y tintas sobre impresiones digitales, así como lápices y carbones para los dibujos, estos últimos los que me parecen más impecables en su técnica.

Las composiciones son equilibradas geométricamente utilizando el plano de manera central, casi siempre sin arriesgarse en el sentido de perspectiva. Las construcciones representadas en la obra carecen de volumen. Las dimensiones de los formatos son en su mayoría amplias, elemento empleado para darle fuerza al sentido de repetición.

Lo anterior en conjunto con la repetición de patrones deviene en lo que me parece lo más poderoso de la obra: el evidente esfuerzo por repetir, casi obsesivamente, de manera única e individual el pequeño elemento con forma de ventana o arco, presente en la mayoría de las piezas.

El clímax de la obra: la identidad. Cada elemento es único, lo que pareciera perderse entre un sinnúmero de elementos iguales cobra sentido y autenticidad. La preocupación del artista; la individualización de cada pequeño elemento dentro del patrón rítmico.

La ausencia de tiempo, de sombras en la perspectiva y la presencia de algo inerte pero aún presente en sus pinturas me hacen ubicar sus influencias en la pintura metafísica de Giorgio de Chirico. Al mismo tiempo, su técnica de veladuras y estilo plástico de elementos contemplativos me hacen recordar a Rothko.

Si bien en lo afirmado debo preguntarme qué tan vigente y qué tan original es su obra, qué tanto comunica para las preocupaciones y quehaceres artísticos actuales. Su técnica es tal vez anacrónica, dejando fuera formatos, así como materiales y técnicas contemporáneas que si bien no son las únicas maneras de producir arte, resultan las más adecuadas para hablar sobre la actualidad. ¿Qué función tiene la pintura contemplativa hoy en día? ¿Está meramente condenada al pasado, a ser reconocida y admirada por lo que aportó en su época? ¿Ha perdido vigencia? Dejo estas preguntas abiertas a discusión.

La tautología a la que se alude en el texto curatorial del maestro Roberto Rosique no me parece un elemento positivo sino uno redundante y peligroso, pues puede confundir al espectador con que la repetición de patrones se realiza de manera sin sentido, casi demente en Error.

Tras describir la muestra y decodificarla la comprendo, sin embargo me presenta pocos retos en su discurso, pocas incógnitas que inviten a ser descifradas por el espectador. Es una obra que no disgusta, que posee ritmo y técnica, y que de hecho, proporciona calma debido a su repetición, pero que tampoco intriga ni nos saca de la zona de confort sin llevarnos hacia una ensoñación.

Hay algo plano y sin vida fuera de los perros de Jenofonte. Pienso que la de Noguerón es una obra que cumple una función dentro del mundo del arte y de las técnicas pictóricas, precisamente la de seguir practicando la pintura y de llevar arte digerible para todos. Pero sigo buscando que los artistas muevan la tierra sobre la que estamos parados, que presenten nuevos conceptos que nos hagan cuestionarnos y pensar más allá de las primerizas sensaciones que sus pinturas nos presentan. Sigamos buscando ser sacudidos por el arte.

Escrito por Redacción Linotipia

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