Por Isabel Delgadillo

Hace poco fui a un festival de música en Rosarito, Baja California donde predominaba la música electrónica. Invité a mi amigo músico de mente abierta que disfruta los viajes en carretera y quien reconoce la belleza en una secuencia de bits.

El festival era el paraíso de los amantes de los trips y de aquellos millennials que gustan de ir a sitios lejanos para reflexionar sobre el aquí y su existencia que se siente tan pesada en la ciudad.

Los conflictos sociales se quedaban atrás kilómetro a kilómetro, nos despojamos de la rutina y del Sísifo de asfalto que todos llevamos dentro. El viaje nos vaticinaba un buen sábado… por un instante, nos olvidaríamos de los problemas que aquejan a nuestra límbica Tijuana.

La tensión se quedaba atrás como uno de los tantos círculos del infierno de Dante. Era como si Beatriz -la idealización de mi necesidad de tranquilidad ese día-, se reflejara en cada señalamiento de tránsito, en las paradas para ir al baño, fumar o comprar agua. Atrás se quedaban mis problemas económicos, mi liosa o inexistente vida amorosa, los asesinatos, el miedo a caminar sola de noche, la impotencia de que todo se reduzca a una estadística de violencia… la tristeza de haberse resignado.

Ya nada importa; los encobijados, se habían convertido en el verso de una canción de Mecano.

Llegamos al lugar a las 2:00 de la tarde. El boleto indicaba que la cita era a las 12:00 p.m. Íbamos tarde pero no éramos los únicos. En la entrada nos decían que debíamos esperar media hora más. Media hora más de remilgos en contra de la planificación del evento.

Alrededor pasaban como en pantalla de cine el ajetreo de un evento tan grande como ese. Gente que iba y venía con cara de preocupados, atentos a cualquier percance, otros ofreciendo boletos de sobra, otros mas subiendo y bajando instalaciones de arte que escenificaban al momento donde pertenecemos.

Ese es el rostro y corazón millennials. Esa es mi generación. Una que a veces se relaja con vibro-acústica, que come brownies “especiales”, para des-estresarse de la ardua tarea de conseguir fondos para hacer arte para sí mismos, de generar imaginarias situaciones o contextos que nunca van a vivir porque dejamos todo para lo último. Olvidamos para qué nos profesionalizamos en artes, humanidades o administración, si no enfrentamos los problemas más evidentes del país: la violencia.

“Las facciones se hicieron rostro y, más tarde, máscara, significación, historia.” Esta es nuestra leyenda. Este nuestro rostro, nuestra máscara. Esa máscara que disimula las heridas, las huellas de cada persona que al morir se convierte en un número, en un señalado por su imprudencia de hablar con la verdad en algún medio de comunicación, de estar en el momento equivocado a la hora inadecuada, de andar con minifalda y tentar a la suerte en las calles oscuras, de incitar a la putería, de la ignorancia e indiferencia…pero aquí, en Rosarito, en el festival de música escapamos de eso. La refulgencias tintineante y los laser apagan las luces interiores y las pintan de colores pastel con indiepop como soundtrack.

Tijuana es una ciudad de contrastes, Aquí, aprovechamos para armar la fiesta, mañana predominará y preocupará la indiferencia que expresaremos con un twitt…mi amigo al que le gustan los viajes me comenta en voz alta mientras Cuco canta que estábamos en la época de la coyuntura y del descubrimiento personal. Y es cierto. Nos encontramos en la transformación personal que atañe a lo colectivo. Recordamos que somos uno. Re-descubrimos nuestra identidad que con todo esto, aunque no queramos hacerlo, de nuevo, estamos en una Generación.

Escrito por Redacción Linotipia

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