Por Andrés Hernández

Tijuana, 19 de agosto del 2017.- Todavía podían distinguirse los últimos rastros de rosado y naranja entre el contorno de los edificios de la Avenida Revolución, los bares aún vacíos, los locales esquivando con prisa  mercaderes y turistas estadounidenses montados sobre burro-cebras, cuando la multitud comenzó a conglomerarse en la intersección de la Calle Sexta.

No es de extrañarse que el Centro sea testigo constante de extravagancias y anomalías, pero la cantidad de personas vistiendo chaquetas cubiertas de escarcha y blusas de fábrica transparente, botines punzantes y tacones de plataforma que se alzaban a quince centímetros del suelo, labiales verdes y sombras neón que adornaban sus rostros, comenzaba a atraer las miradas de quienes recorrían la zona.

Esperando entre la atmósfera de anticipación, observé cómo una patrulla se acercaba cuidadosamente a la escena, las llantas crujiendo sobre el asfalto, deteniéndose a dos metros a mi izquierda mientras la ventanilla del copiloto revelaba el rostro de un oficial.

“¿Sabe qué está pasando aquí?” preguntó. Por un segundo me paralicé, sin saber qué responder.

“Es un show de drag queens,” respondí. Confundido, el copiloto compartió una mirada con el conductor; asintió, subió rápidamente la ventanilla, y la patrulla arrancó para continuar su camino. El primer espectáculo drag de gran magnitud que jamás haya visto Tijuana.

A excepción del alter-ego creado por Daniel Casillas, La Coloreteada, que atrajo la atención del público estadounidense en el 2015, no se había escuchado antes de drag queens dominando los escenarios de la ciudad. Si acaso, podía encontrarse al tradicional imitador de celebridades femeninas cantando Maldita primavera a las dos de la mañana en el bar gay de la esquina. Esto cambió con la llegada de Drag Mafia, el primer colectivo drag de Tijuana, y el responsable de la creación de este evento.

Las puertas se abrieron cerca de las diez de la noche y pronto se llenó cada esquina del lugar. Bajo las luces artificiales, brillaba con tonos violáceos y cetrinos la piel de la audiencia, ahora convertida en una masa de excitación. Lo que en las calles se escuchaba como susurros ahora culminaba en un auge de gritos y cantos. Manos se alzaban al techo, estirando sus dedos, calentando las muñecas, ojos buscando entre cortinas de humo la primera peluca ascendiendo al escenario.

En el aire, caliente y pesado, podía sentirse el cambio. Esa noche, Tijuana estaba creciendo. Entre las paredes del salón se cultivaba parte de la ciudad que por años se había escondido entre las sombras de los pasajes y los patios traseros de los locales. Ahí dentro, se respiraba libertad. Ahí dentro, se deconstruía la moral tijuanense que promueven la constante vigilancia de nuestros actos más personales y reprimen o excluyen todo lo que no encaje en el repetitivo ensayo de convenciones heteronormativas.

Las miradas que recaen sobre el joven que cruza las piernas, los susurros sobre las chicas tomándose de las manos, las preguntas que brotan en el salón de clases acerca de la que se acostó con el profesor. Todo se refleja en el alto índice de juventud LGBTQIA+ que se encuentra sin hogar debido al rechazo y a la violencia proveniente de sus propios familiares, en el incremento de casos de ansiedad y depresión dentro de la comunidad, y en la alta tasa de desempleo, producto del prejuicio y la discriminación. Pero, dentro de ese santuario, nada de eso importaba.

Una ola de gritos invadió el espacio cuando las bocinas dispararon tintineos por doquier y los reflectores iluminaron a Drag Mafia, cada una con su característico estilo, las agujas de sus tacones firmes sobre la tarima y sus manos sobre sus definidas cinturas, vistiendo látex negro que cegaba con su destello. La euforia y el éxtasis se intensificaron hasta el límite cuando Alaska Thurderfuck, Willam Belli y Gia Gunn entregaron partes de sí mismas con un espectáculo que sacudió hasta el núcleo al público, en especial Gia, quien compartió su experiencia como una mujer transgénero dentro de la industria del drag. Mediante sus interpretaciones, las drag queens entretuvieron e inspiraron, pero también desafiaron la percepción polarizada del género que aún se permea en la realidad de Tijuana.

El arte del drag se apropia de y transforma en sátira los roles de género prescritos en su mayoría por hombres heterosexuales, roles que a su vez son parte de la identidad de lo tradicionalmente mexicano. Al introducir la práctica del drag en el contexto sociocultural de la ciudad, los individuos que se ven afectados negativamente por la hegemonía de lo heteronormado tienen la oportunidad de retomar el poder que la estructura social les ha arrebatado.

Esa noche, Tijuana presenció una reversión del poder entre la minoría oprimida y la mayoría opresora. Se cuestionó la estructura dicotómica de género y se fue, indudablemente, completamente libre. La ciudad ha cambiado, ya no hay paso atrás.

      

Escrito por Redacción Linotipia

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