Por Raúl Balvastro Ferruzca

¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os engañéis: que ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Primera epístola a los Corintios IX-X

1. La copa rota

Desperté a las seis de la mañana después de estar en la cama recordando y asimilando la noche que pasamos juntos, decidí levantarme, tenía tanta sed que podría haberme tomado toda el agua del mundo y aun así no saciarla, cómo esas ninfómanas que no pueden con las ansias de ser penetradas, así me sentía. Fui a la cocina a servirme una copa de vino barato.

Se había ido hace rato pero la casa olía a su fragancia de maderas y sudor del día; mezcla perfecta de melancolía e inocencia…

Maldito vino corriente, amargo, incompatible para festejar la felicidad de lluvia de saliva y semen que había recibido… ¡Qué delicia! Creo que el semen de él es el más rico que he probado jamás…

Me bebí media botella, regresé a la recámara para arreglarme, me esperaba un día monótono: arreglar cuentas, gritar por teléfono, entrar y salir del correo electrónico, atender a clientes- soportarlos-sonreír, como si me importaran sus estúpidos problemas de creditos inmobiliarios que no pagarán jamás. Después, salir a tomar mi acostumbrada bloody mery vespertina y esperar con ansias el regreso de la noche para volver a estar en sus brazos, ponerme de rodillas, bajar el cierre de sus pantalones y mamar su verga mientras sus caderas me dan el ritmo que quiere sentir, imponer su autoridad mientras me observa con su risa pícara de cabrón indomable y sentir como goza con la succión y lo que me hace después… su cuerpo sobre el mío. Sus embestidas salvajes, su vocabulario sucio y mi determinación de hacerlo gozar para que no se vaya nunca.

Él, tan contrario a mí; serio, reflexivo con lengua de argumentos y enigmático, aunque para los demás pareciera un tonto y fuera completamente un cero a la izquierda, un bulto con traje que administra una empresa igual de aburrida que su apariencia. Pero nadie podía negar su sonrisa pícara tan contraria a su seriedad y ese tono encantador al hablar y someter mi voluntad a cualquier deseo, postura sexual o lo que fuera que pidiera de mí.

Hice algunas compras durante la tarde y me regresé a la casa a limpiar y preparar la cena, para luego, repetir la noche de lluvia de saliva y semen, tan exquisita, tan real, sin máscaras hipócritas, sintiéndome la puta que todos desean pero que nadie puede pagar.

La luz del día se fue muy pronto como suele suceder en el invierno, llegó la noche fría, prohibida y con ella, me senté a terminar el vino barato y esperarlo a él. Pero no llegó. Pasaban de las diez cuando escucho que tocan la puerta, frenéticamente apuro el abrir, pensando que se disculparía por el retraso, me contaría el pleito con su mujer, me diría que no la soporta y que sólo me quería a mí, pero en lugar de eso, un hombre uniformado pregunta si le conozco y donde estuve la noche de ayer… en ese momento todo se paralizó y no supe más…

Cuando recuperé la conciencia y la serenidad estaba con unas esposas puestas en la muñeca, boca abajo como vil criminal, levanté la mirada y pude ver a los policías hurgando mi departamento, uno de ellos tomaba con guantes una cuchillo de cocina ensangrentado, guardándolo en una bolsa plástica, vi también que la copa con el vino barato estaba en el piso, rota y el líquido amargo esparcido por el suelo.

2. El encierro.

Una celda húmeda y cargada con su olor característico-pútrido. Estaba frente a mi propia muerte…solamente en ese momento lo supe. La pregunta era ¿Por qué?, ¿En qué momento caí en esa maldita celda que era mi tumba? Lo último que recordaba era la quietud y la estabilidad de estar con él, esa fragancia que me encantaba oler cuando llegaba a mi casa y me besaba, ese aroma tan característico que me envolvía en sensaciones que solo él podía despertar, que me enloquecía. La fuerza de sus besos y la forma tan milimétrica con la que me poseía todas las noches que me visitaba para coger en esa cama que escurría amor al momento de terminar.

Poco me importaba si su esposa o mi familia lo sospechaba o lo supiera ya, lo único que me importaba era que me amara como siempre y como nunca pudo amarla a ella… a esa imbécil que me inculpó para limpiar su “honra”.

Maldita celda, con su olor putrefacto arruinada por el tiempo, la única compañía que tengo son esas ratas que vienen a morderme todas las noches, las envidio tanto, ellas sí pueden salir y entrar a su voluntad sin necesidad de tener que pedir permiso…

Pocas veces abren esa puerta y cuando lo hacen, solo por un breve minuto puedo contemplar el sol abrasante, es el único consuelo que me queda entre tanta mierda a mi alrededor. Ni siquiera hay una ventana para poder contemplar las estaciones. Estoy entre la oscuridad como siempre lo estuve en mi vida hasta que lo conocí.

Mi catre duro e incómodo, no se compara con la cama donde pasé los mejores momentos de mi vida, en la que reafirmé mi sexualidad teniendo dentro al único hombre que amo y amaré hasta que mi último aliento expire y ese suelo tan mohoso y mojado que me ha hecho enfermar como si el objetivo fuera matarme y no castigarme por un crimen que ni siquiera cometí.

¡Maldita! la odiaré por lo que me queda de vida, por tener la osadía de matar lo más hermoso que me ha pasado. Mis pulmones están llenos de sangre por el encierro y una tos intensa invade mi pequeña celda…

Dejan mi comida en la puerta…pero estoy débil para levantarme…al menos las ratas lo podrán disfrutar. Siento el frío por las noches aunque sudo demasiado, creo que es la fiebre que no me ha dejado desde que me trajeron aquí y no puedo cobijarme…estoy tan débil como para siquiera levantarme y recogerlas del suelo mohoso donde han caído… no quiero morir pero… ¿Para qué seguir viviendo si no está él? Ya nada vale la pena, mejor será que me resigne…

3. la mañana siguiente.

A las seis de la mañana comenzaron las rondas de vigilancia. Los guardias cambian de turno, mientras caminaban por los pasillos llegaron a la sección donde encerraban a los enfermos y homosexuales, “el pasillo de los maricas” como lo llamaban entre ellos. Al revisar la celda donde se encontraba Bruno uno de ellos lo vio acostado boca abajo e inerte, cuando intentó levantarlo, se dio cuenta que su cuerpo estaba manchado de bilis y apestaba a muerto. Se había ahogado en su propia sangre y la falta de atención médica. El celador dio aviso a los guardias gritando: “Guardias a la celda 235, maricón de entre veinticinco y treinta años muerto por su propio vómito en la sección de los maricas”…

Escrito por Redacción Linotipia

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