por Andrés Hernández

8 de abril del 2017, 10:28 PM. – Al salir a la calle, me aseguré de que la escarcha y mi escasa vestimenta estuviera bien cubierta por mi chaqueta. No es que eso causara mucha diferencia, era bastante evidente que el delineador dorado llamaría la atención de los otros pasajeros del bus.

Bajamos en una estación a unos veinte metros del lugar que señalaban nuestros teléfonos con una aguja roja: Alte Münze, una vieja fábrica de monedas que había sido desalojada a inicios de la Segunda Guerra Mundial, situada justo por un lado del Spree. La neblina, fría incluso en una noche de primavera, nos abrigó en las sombras que reflejaban en sus siluetas el neón de los bares que apenas comenzaban a llenarse de vida. Al aproximarnos al viejo edificio, presenciamos el indicio de que esto sería algo excepcional.

Por ambos lados de las puertas de roble negro se extendían dos largas filas de al menos setenta personas cada una. Por la izquierda, aquellos que habían sido invitados especiales; por la derecha, aquellos que habían reservado su lugar en línea. La multitud bajo el Fernsehturm era sólo un prefacio: las personas esperaban todavía cubiertas con sus abrigos negros y chaquetas de cuero; pero, si se observaba con detenimiento, podían distinguirse las cadenas alrededor de sus cuellos, medias de red sobresaliendo de sus calcetas, algunos, incluso, ya cargando con máscara de cachorro en mano. De entre los susurros y conversaciones discretas se discernía una variedad de acentos: daneses, irlandeses, británicos, argentinos; todos arrastrando en su lengua el mismo tenue pero distintivo tono de insoportable anticipación.

Al atravesar el umbral de la fábrica, una calidez invadió mi cuerpo y un sofocante pero ligeramente placentero olor a sudor recorrió las esquinas del lugar hasta llegar a mi nariz. El palpitar de la música era perceptible a sólo una pared de distancia. Bajo las luces artificiales, hombres, mujeres y demás comenzaron a deshacerse de sus vestimentas, arrojándolas en bolsas de plástico negro, revelando a su vez una gama infinita de tonos marrones, blancos rosados, blancos bronceados, negro marfil, y ocres. Senos, vulvas, areolas, penes, traseros, anos, en todos colores, tamaños y formas: grandes, pequeños, delgados, gruesos, lisos, arrugados, con vello, sin cabello, como fuera. Algunos invitados habían traído consigo sus mejores prendas fetichistas, la mayoría en cuero negro, con púas metálicas y botas de proporciones intimidantes.

En mi camino hacia la salida del área de casilleros, mi mirada conectó con la escarcha en los ojos de otros asistentes que caminaban en sintonía con la multitud que se dirigía a la fiesta. Obras de arte plasmadas con sombras carmesíes, dimensiones alteradas, y piedras de fantasía incrustadas en los rostros de quienes parecían protagonizar una verdadera tragedia griega.

“Neun Euro, bitte”, solicitó la chica detrás de la recepción al hombre que vestía pantalones relucientes y un sombrero de policía. Las reglas eran claras: a menor cantidad de ropa, menor el precio de entrada. La chica se levantó de su asiento para inspeccionar mi vestimenta, casi inexistente.” Zwei Euro, bitte”. Extraje de mi zapato una moneda de dos euros, la entregué a la chica, y ella marcó mi pecho con un sello en que leía en letras púrpura: Pornceptual.

Creado por los brasileños Raquel Fedato y Chris Phillips, el colectivo Pornceptual se originó a partir de la idea de explorar la sexualidad a través de la fotografía. Mezclando arte, sexo y música, el proyecto tiene como objetivo presentar una visión alternativa de la percepción desgastada que se tiene sobre la pornografía en la actualidad. Mensualmente se organizan fiestas alrededor de todo el mundo, a partir de las cuales se producen galerías en línea y se publica una revista con contenido que se enfoca en ser diverso e inclusivo.

Fascinado, bajé la escalinata de mármol para llegar al centro del tamboreo. La obscuridad me consumió en un largo túnel desde el cual podía percibir un mar de manos relampagueando en dorado y verde. Me sumergí y me perdí entre los cuerpos que se agitaban descubiertos en todas direcciones. Cuando mi piel estaba completamente empapada, decidí recorrer los pisos superiores.

Subí las escaleras en remolino, observando con cuidado cada una de las habitaciones. En la primera, una masa de espectadores rodeaba a una drag queen que bailaba en un vestido fabricado solamente de globos plateados; en la siguiente, personas bañadas en luz índigo exploraban sus cuerpos con tersura y sensualidad. El tercer piso se encontraba adornado de artefactos, joyas y reliquias de la década de 1920; gente posaba dentro de esta cápsula del tiempo y fotógrafos capturaban las emociones en sus rostros y la belleza en sus figuras. El quinto piso se había transformado en un cinema-porno, donde los interesados podían degustar de la cinematografía de época. El sexto piso, naturalmente, era otro espacio reservado para sexo, ya fuese individual, de pareja o colectivo, homosexual o heterosexual, sexo oral o anal, con látigos y golpes o con caricias y besos apasionados, había libertad absoluta.

Finalmente, alrededor de las ocho de la mañana, logré llegar al último piso, la sala de descanso. Los rayos de sol perforaban los alargados y rectangulares vitrales que descubrían una escena gris de la ciudad que dormía aún en la mañana de domingo, el día del Señor. Arrastré mis ojos casi cerrados, dibujando en mi memoria el perfil de los hombres que fumaban agotados sobre las camillas y sillas de terciopelo que poblaban el cuarto, me desplomé de sueño en el colchón más cercano.

Al despertar, la sala se hallaba vacía, salvo a un grupo de seis jóvenes que desayunaban plátanos y salchichas en la esquina superior izquierda de la habitación. Regresé lentamente a los casilleros, absorbiendo el silencio de la mañana y me cubrí con mi apariencia cotidiana. Vestido y con tres cuartos de maquillaje escurriendo en mi cara, salí de la vieja fábrica de monedas, listo para enfrentar el cegador resplandor del sol y la siempre normalizada simpleza de la vida mundana, como cualquier otra persona montada en un bus de camino a la Iglesia.

Escrito por Redacción Linotipia

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