Por Daniel Bautista

Era otoño, el sol parecía maldecir a Tijuana ese día, a pesar de que en la mañana hacía frío ella decidió vestirse con ropa muy ligera porque sabía que el calor advendría. Incluso con las debidas precauciones, llevaba por encima más sudor que piel. El sol continuaba ladrando olas de calor que hervían la sangre de todos, pero eso no debe engañar a nadie, esta historia pudo haber ocurrido casi letra por letra, con las mismas pausas y signos, bajo cualquier otra capa climática: bajo una sábana invernal o un cobertor de chubascos, una cama de hojas caducas, lo que fuera, todo habría ocurrido igual.

Ivana caminaba aturdida, había decidido no fumar el acostumbrado cigarro de vuelta a casa. La única meta del día era descansar. El Tijuanense promedio recorría la ciudad distrayéndose de sus obligaciones en busca de un ventilador y un vaso de ‘lo que fuera’ con hielos; la lengua sedienta ya ni anhelaba algo específico como cerveza artesanal de moda o una habitual Coca-Cola. Sólo líquido bien helado. Esa resignación a dejar sus drogas por un poco de agua congelada demuestra que la naturaleza nos envía monstruos para que los venzamos y nos volvamos mejores.

Todavía debatimos si la naturaleza lleva la cuenta de muertos por insolación o de los atesorados en las entrañas de los edificios derrumbados… Habrá quien diga, que si vamos a reclamar debemos contar primero los cadáveres de las guerras y los espíritus doblados de los sometidos. No se sabe a ciencia cierta, si debemos contar a los esclavos contemporáneos por cabeza, o por cada grito de violencia intrafamiliar a causa del estrés… o si se cobran los medicamentos por espaldas acalambradas. Algunos han preferido dejar el conteo por la paz, pero estoy divagando…

Ivana regresaba a su casa de noche los sábados y domingos, prefería tomar un Uber porque la luna poco tiene de poesía y más de advertencia. Sus brillos robados del sol sólo emiten un susurro lento que dice “Aquí va a pasar algo, atentos”. Pero según le recomendó su terapeuta, debe vivir el presente, y justo en ese momento, se cataba el día con un sol que tostaba. Sus piernas lucían su brillante piel nívea como si fueran trozos de la luna… la cualidad cromática de las piernas importa poco, unas piernas morenas con el sudor y el sol, son igual de relucientes que una luna de arenas mascabadas y canela al gusto.

Para el martes debe terminar la tarea de TLR, el jueves dormir temprano para llegar a tiempo el viernes a su empleo de fines de semana. Ya no alcanza a terminar hoy el cuestionario de Historia II, pero no le importa, puede dejar de lado unas cuantas tareas menores, pequeños retazos de la calificación final, se entregará con más atención a las evaluaciones bimestrales y con suerte no reprobará nada esta vez. Sólo que, precisamente hoy, no tiene mucha fuerza emocional para cuidar a su hermanita, si su madre entiende un poco dejará que Ivana se sumerja unas horas en un ciclo de pensamientos existenciales, luego autodesprecio y finalmente una reconciliación consigo misma hasta que decida fumarse el cigarro que ¡UY SE VE QUE ESTÁS TODA MOJADA, CHAPARRITA! Silencio. Sólo hubiera deseado mucho silencio y que lo anterior no hubiera sido dicho desde la boca salivante del señor Antonio Lépero, postrado desde el otro lado de la calle, por donde ella ahora tenía que pasar.

Ella suele responder a ese combo de deseos sexuales que se les apretujan a los hombres débiles en la garganta. Pero llevar el sol como sombrero, le hace sentir que es una mujer hecha de óleo que se va desfigurando a pinceladas, como si le arrancaran capas de pinturas hasta dejar sólo arte abstracto. ¡ESPERO QUE NO LE HAGAN LO MISMO A TUS HIJAS, PENDEJO! Trató con mucho esmero de plasmarle algo sólido. Sentía que volvía a pintarse y recobraba un poco el aliento, un poco la forma, un poco el alma, o bueno, eso que no tiene nombre o que aún no sabemos cómo se ¡UY CHIQUITA, ME GUSTAN RESONGONAS, EH!. El cerebro de Ivana se deformaba por el calor, convirtiéndose en una masa de estiércol, y el humo le salía por los poros, era el sudor interno del corazón que ahora funcionaba a vapor. Ivana no temblaba por fuera, pero sí que temblaba.

Los ojos de Antonio Lépero abandonaron sus cavidades, y llegaron hasta Ivana, a plena luz del día; quieta, no pensó que pasara algo. No puede pasar nada, no, el sol está en su minarete haciendo guardia. Pero los ojos hambrientos descubrieron unas hileras afiladas de dientes en sus pupilas, que no eran círculos negros, sino huecos. Comenzaron por mordisquearle los dedos de los pies. Petrificada, ¿lo permitió? No. No es que ella lo permitiera, es que se sentía derrotada o era algo que según la vida no se podía evitar, porque ella ya lo sabe, ¿no? Que los ojos de los hombres son perros. Se le subieron poco a poco, babosos y rabiosos, entre que le besaban las rodillas entre que le mordían los glúteos. El sistema circulatorio dejó de bombear sudor, juraba que ahora sudaba lágrimas en su piel. Sus ojos estaban perdidos, buscando ideas que la salvaran. Pero los ojos caninos comenzaron a destrozarle la ropa a mordidas, hasta arrancarle los pezones. Le olfateaban el cabello, le dejaron chupetones sangrantes en el cuello. Se colocaron en cada oreja, le tantearon el lóbulo y le susurraron. YA TE TENGO EN LA MIRA, MI CHAPARRITA. Y una lágrima suicida se escapó del ojo izquierdo de Ivana, se lanzó contra el concreto y se estrelló mientras le gritaba a su reina “Lo siento, lo siento, lo siento, ya no puedo”. Ivana volvió en sí. Supo que ciertamente, lo anterior no había pasado, no así, pero sí que pasó. Los ojos nunca abandonaron el rostro ávido de Antonio Lépero, pero ellos saben de aquel festín animal.

El agua es lo más preciado, lo reconoce el indigente en la estepa, el estudiante sin carro, y albañil cada día. Que eso sirva para corroborar lo desmoralizante que resulta arrancarle el cuerpo a alguien con la mirada. Ivana tomó fuerzas, esperanzas y su botella de agua, las lanzó con violencia al otro lado de la calle, esperando acertar en la virilidad de Antonio ¡CONTESTONAS Y CHAPARRITAS, YA TE DIJE! Decía Lépero mientras se sobaba la frente. Ivana tomó un camino más largo, caminó veloz con el pensamiento de denunciar en las redes al perro en celo. Luego recordó que tiene una hermana pequeña, y las ideas se le escurrieron junto con el sudor y las prisas.

 

Escrito por Redacción Linotipia

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