Por Héctor Adolfo Campa

 

El lienzo femenino, estigma y erotismo: reflexiones sobre la imagen del cuerpo femenino tatuado en las Suicide Girls

El tatuaje como objeto de estudio semiótico ha permeado en los estudios de la corporalidad, las identidades y etnografías de los símbolos sociales y culturales desde que el cuerpo cobra su papel de importancia en los estudios culturales y las ciencias de la conducta. Gracias a las investigaciones y análisis del cuerpo, en especial desde los estudios feministas, se puede hablar de éste como construcción social y, por consiguiente, como medio, soporte y signo de las manifestaciones identitarias que se configuran en diversos procesos de semiosis. Este producto cultural que es el tatuaje, como muchos otros, ha sido envuelto por las lógicas neoliberales que lo han dirigido, según mi hipótesis, al plano de lo mercantil, inscribiéndole en la moda, las tendencias consumistas de redes sociales virtuales, capitalizando su uso y práctica, así como reconfigurando su significación para ser una pieza más en las filas de lo consumible y no de lo meramente identitario.

Así pues, el presente trabajo busca un breve análisis introductorio sobre de la imagen del cuerpo femenino tatuado (1) en la actualidad, debido a su doble fuerza como producto cultural-identitario que se adscribe en un ente animado que, como acusan diversos textos feministas, se ha objetivado para su capitalización erótico-reproductiva y, claro, para su consumo. Para ello, se observa la semiosis de ambos en el caso de las modelos Suicide Girls como un sintagma que cobra distintos significados, estructuras y cargas estigmatizantes o erógenas, moviéndose de lo identitario y exclusivo a un erógeno signo asequible y adquisitivo.

La actualidad: Reconfiguraciones, el caso de las Suicide Girls

El siglo XXI abre con una hibridación o mezcla de estructuras que reconfiguran rápidamente los signos en diversos contextos. A este flujo de hibridación a la que me refiero bien puede entenderse como lo que Bauman llama “Modernidad Líquida”, o más acertadamente, la “Hipermodernidad” como nombra Lipovetsky. Los massmedia, las modas y tendencias, así como los paradigmas que se entrecruzan en amalgamas de viscosidad referencial producen el panorama para el cuerpo femenino en occidente, cobrando múltiples nuevas estructuras semánticas y significantes que son de interés para la semiótica. Mas, para el presente acercamiento, se seleccionó un caso específico de entre la multitud de posibles: el de las modelos-actrices Suicide Girls (SG).

Suicide Girls es una empresa de videos y modelaje Softcore porn o Alt porn, géneros de producción audiovisual de tono pornográfico no explícito. Las SG son, en su mayoría, mujeres jóvenes de diversas complexiones, facciones, nacionalidades, razas y fisionomías que participan en modelaje en lencería, semidesnudos o videos de actividad erótica y homoerótica (lésbico) sin practicar un acto sexual explícito como la pornografía.

Esta empresa nace en el 2001 y es rápidamente difundida por medio de las redes sociales Tumblr, Facebook y posteriormente Instagram. Actualmente cuentan, sólo en la red social Facebook «donde no se permiten desnudos», con un público de 6,337,541 seguidores; mientras, en sus otras cuentas de redes sociales, como mínimo tienen un alcance de poco más de 300,000 (Twitter), esto debido, según se puede suponer, por ser una plataforma que no permite la difusión de imágenes y videos que son el producto primario de la empresa (SG, 2001-2017).

El impacto de esta empresa no radica en su envergadura empresarial, sino en el cómo se significan las imágenes de sus modelos que son consumidas tanto por público masculino como femenino a gran escala. Como se puede apreciar en las imágenes de su cuenta de Instagram «donde tienen cerca de seis millones de seguidores» de las modelos SG popularizan la construcción de una feminidad por medio de perforaciones, tatuajes, símbolos de la cultura pop y tintes de cabello.

Es de vital importancia comprender que las redes sociales son espacios virtuales en que se construyen, recrean y significan las identidades juveniles (2) en un torrente sinfín de consumo. Estos signos de la feminidad SG se manifiestan adjuntos o relacionados a la representación erótica de lo íntimo y lo animal (zonas erógenas) en las fotos y videos de las SG. Si tomamos en cuenta esta relación directa en sus productos durante quince años, siendo nuevos modelos de simbolización de la imagen del cuerpo femenino, se puede afirmar que los elementos como los tatuajes, las perforaciones y el colorante de cabello cobran una carga erótica al verse en conjugación de otros signos que poseen, por convención social, una carga erógena. Esto desplaza la significación del tatuaje en la feminidad, y la imagen del CFT, desde el estigma y lo identitario, hacia lo erógeno y capitalizable.

Es por ello la importancia de análisis del producto gráfico de esta empresa. Al tener una popularidad y alcance masivo de su producto, en los medios de relación social virtual más demandados por las sociedades occidentales «y mundiales», el peso semiótico que tengan sus construcciones visuales del cuerpo femenino con estos elementos produce una nueva significación en el imaginario social; por consiguiente, el tatuaje, las perforaciones y las coloraciones del cabello, aunados a elementos de atractivo físico y zonas erógenas enfatizadas, produce una nueva representación del CFT. Con este fin, se abundará sobre los conceptos de estigma, erotismo y elementos erógenos.

El Estigma y el CFT

El estigma

Para comprender cómo funcionan estas dinámicas de exclusión y señalamiento del sujeto por medio del signo tatuaje es importante comprender cómo funciona el estigma en la identidad social. Para Goffman, esta identidad social se aplica a los individuos para determinar la posición que les corresponde según cierta categoría formal de su ser social. Cuando se presenta el primer acercamiento de un sujeto frente a otro, se hace un análisis inconsciente donde se asocian sus características y atributos para encasillarle en una de esas categorías preestablecidas. En el instante de esta clasificación, ante la visión de ambos, se crea un proceso de alteridad en la que al que clasifico ya no es mi igual, sino “otro”; no hay “nosotros” sino “él y yo”. Aquí sucede la adscripción del sujeto Otro a una categoría en el momento de la primera interacción (Goffman, 2006). Estas categorías están previamente elaboradas y dadas al sujeto clasificador por convenciones, censos y taxonomías de la sociedad y cultura a la que éste pertenece.

Tanto la identidad social virtual «creada por un sujeto calificador a otro» como la real «surgida a partir de los elementos que en realidad le pertenecen al Otro», pueden poseer un atributo enaltecedor «como un atractivo físico o intelectual» o uno desacreditador «torpeza, soberbia, deficiencias físicas o discapacidades, entre otros». A los elementos que desacreditan se les conoce como Estigmas, pero no sólo por el carácter defectuoso que conlleva su presencia ante los ojos del medio social, sino que, además, poseen una fuerte carga semántico-pragmática de otros elementos negativos propios de una categoría inferior en las concepciones sociales. Aquí, en el proceso de categorización, los signos que constituyen al Otro serán evaluados bajo los juicios a priori de las estructuras sociales y, por consiguiente, los que son de carácter “desacreditador” o de “inferiorización” serán los que lleven la carga estigmatizante.

La mujer occidental, por ejemplo, posee sobre sí un repertorio de elementos desacreditadores debido a la estructura machista en la que está inmersa. El simple hecho de ser mujer le dota de una significación de debilidad e infravaloración que desacredita su identidad virtual frente a los otros sujetos sociales. Uno de ellos es el cuerpo femenino, mismo que posee distintos elementos desacreditadores dentro del marco social, como lo son: fragilidad, poca fuerza, instrumentabilidad erótica o reproductiva, objeto de lujuria, o «paradójicamente» templo de la virtud «virginidad, pureza» (García, 2000).

Esta carga naturalizada «no por ello, natural» del cuerpo femenino con elementos desacreditadores es una de las razones por las cuales el tatuaje se vuelve un signo de alta carga estigmatizadora, debido a la corrupción de la “virtud” o “pureza” de este cuerpo normalizado de esa manera y que es quebrantado directamente con el signo que no debería poseer (el tatuaje); claro, además del recelo del machismo a que las mujeres se apropien de sus signos identitarios. Sin embargo, en el transcurso del siglo XXI, se puede observar el desplazamiento del estigma a lo enaltecedor, al ser acogido por las modas hiperconsumistas (Walzer Moskovic, 2015).

Es imprescindible recordar que el tatuaje como un fenómeno cultural, “constituye un espacio donde confluyen dos tipos de memoria, una común que se desarrolla como ‘contexto de las condiciones de producción’ y una individual, ‘espacio de la intimidad’ donde el texto responde a necesidades particulares y específicas” (Álvarez Licona & Sevilla González, 2002). Esto significa que, tanto la carga de estigma en el signo tatuaje se configura desde una valoración externa «o social» y una interna «subjetiva, o estructural desde quien la desea y la porta con sus propios significados y represiones simbólicas». Así, el CFT tiene una doble construcción del significado del signo “tatuaje”, pero su adscripción al cuerpo femenino le dota de una limítrofe de posibles interpretaciones externas, mismas que circunscriben las internas.

El Erotismo y el CFT

Cuerpos en lo sexual y lo erótico

Hablar de erotismo no es lo mismo que hablar de sexualidad. Esta aclaración es precisa en la medida en que la proximidad de ambos conceptos y el uso casi paralelo de ambos puede llevar a la ambigüedad. La sexualidad, o lo sexual, es analógica, estímulo-respuesta, instinto-saciedad, mientras que el erotismo responde a dialécticas más complejas entre la conciencia individual del sujeto que se interroga por sí mismo y el mundo al que enfrenta, al otro al con el que interacciona, los objetos de lo erótico; el erotismo tiene su fenómeno en el plano de lo psicológico, de la razón y el estímulo de la conciencia por medio de la idea de sensación «y no de las sensaciones por organismo» (Moreno Romero, 2014, pág. 35).

“El erotismo del hombre difiere de la sexualidad animal justamente en que pone en cuestión la vida interior. En la conciencia del hombre, el erotismo es lo que dentro de él pone en cuestión al ser. La sexualidad animal introduce también un desequilibrio y ese desequilibrio amenaza la vida, pero el animal no lo sabe.

Sea como fuere, si el erotismo es la actividad sexual del hombre es en la medida en que esta última no es animal. La actividad sexual de los hombres no es necesariamente erótica. Sólo lo es cuando no es rudimentaria, cuando no es simplemente animal.” (Bataille, 2001, págs. 338-339)

Según lo antes dicho, el cuerpo se vuelve un medio, soporte, instrumento y objeto de lo erótico en la medida que posee la cualidad animal de lo sensible. El cuerpo, al tener un potencial sexual, permite por medio de la conciencia su uso como vehículo, herramienta y objeto de deseo la maximización de la experiencia psicológica de lo erótico. El cuerpo es la herramienta principal «pero por mucho, no la única» del acto erótico.

El cuerpo femenino y su potencial erógeno

Así como diversos elementos pueden ser cargados de una significación estigmatizada, también se pueden concentrar en ellos focos erógenos. Lo erógeno es definido por la Real Academia de la Lengua (RAE) como aquello “Que produce excitación sexual o es sensible a ella”. Esta definición que, aunque pobre, sirve para comprender cómo las zonas erógenas son los signos que permiten una estimulación en el plano físico o psicológico y, en consecuencia, son herramientas de lo erótico.

Los cuerpos poseen puntos erógenos por dos motivos: la concentración de terminaciones nerviosas, mismas que producen una gran capacidad de reacción a estímulos; y las zonas por convención, aquellas que por prácticas sociales o culturales poseen en sí mismas una carga referencias de estimulación sexual. Estas zonas, por lo general, son aquellas áreas corporales que permiten la estimulación, como los pezones, las áreas genitales, los labios, la boca, el cuello, el vientre, las nalgas, entre otras más. (4)

El cuerpo femenino, por su parte, tiene una carga erótica mayor en el plano de las zonas eróticas por convención. La mujer ha sido durante siglos obligada a la instrumentación como productora de lo sexual bajo diversos discursos que se interiorizan y normalizan en la sociedad occidental. La prostitución, la violación y el matrimonio (5) son casos en los que la mujer se convierte más allá de un individuo, en un cuerpo que puede proporcionar satisfacción sexual; en otras palabras: el cuerpo femenino, por ser femenino, es inherentemente erógeno en toda su extensión «carne, músculo, fluido, aroma, etc.».

Conclusiones

Cabe la precaución de entender lo que representa para el consumo del tatuaje y de las imágenes del CFT el desplazamiento del estigma a lo erógeno. El estigma al ser excluyente produce mercados de consumo en lo que logre contrarrestar el elemento descalificador; mientras que, el desplazarlo a lo erógeno, permite resignificarlo en un atributo enaltecedor y, en consecuencia, en un signo que atribuye algo atractivo al consumidor «tanto del tatuaje aislado, como de la imagen del CFT». Si bien, no es momento para iniciar un análisis marxista de cómo se fetichiza la materia por medio de la producción del mercado sobre la imagen del CFT y el tatuaje en sí, es necesario precisar sobre cómo se vincula este desplazamiento con las situaciones sociales y culturales donde se compromete la feminidad y sus múltiples significaciones, pues al convertirse el CFT en un producto de consumo erógeno se comienza una nueva lógica neoliberal sobre este cuerpo físico que sirve de soporte al CFT; así mismo, el tatuaje se normaliza en consumo bajo este poder erogeneizante, produciendo así mayor posibilidad de la erogenización del CFT cuando los cuerpos femeninos adquieren el signo del tatuaje desconociendo esta carga semiótica.

Este fenómeno cultural es fundamental para la concepción de las implicaciones de la imagen del CFT como objeto semiótico que pertenece a un ser humano (3). La feminidad y las cargas semánticas que se le adjudican desde lo sociocultural es una tarea que debe tomarse en consideración debido a su relación con la necesidad de deconstruir o decolonizar el cuerpo femenino, y con ello, a la feminidad que lo porta.

A modo de conclusión, es preciso recordar lo vasto del tema y su requerimiento de una mayor profundidad en cada uno de los puntos previamente abordados. Sin embargo, el comprender que la construcción de un cuerpo femenino, aunado al signo del tatuaje, es mucho más complejo de lo que aparenta en la simple imagen a priori es algo que se puede rescatar de los datos arrojados en el análisis de las imágenes del sintagma CFT. Las repercusiones que pueden subyacer de la carga erótica de este sintagma como imagen son de una importancia y seriedad indiscutible; sumado a la mediatización y comercialización de ella en redes sociales donde las sociedades recrean la propia identidad, la imagen no sólo genera una tendencia de cambio en el consumo de la corporalidad, sino que matiza a la feminidad (por su relación inherente con la corporalidad) como un elemento que debe ser propiamente erótico, acorde a las lógicas del mercado y las demandas estéticas de moda.

La objetivación de un cuerpo es tan peligrosa como estigmatizarlo. Es por esto que, si el tatuaje busca usarse como elemento de liberación y reapropiamiento del cuerpo femenino, este deberá criticar y buscar un cambio en los discursos, mitos y estructuras de mercado que le dotan de una carga erótica. El cuerpo femenino requiere, al igual que muchas otras modificaciones, la supresión de su carga erótica por el hecho de ser femenino, en tanto esto responde a lógicas patriarcales.

Cabe aclarar que no se puede eliminar la carga erótica del cuerpo femenino, en la medida que es humano y sensible, así como portador de una conciencia que busca la dialéctica de lo erótico por medio de lo sexual y lo psicológico. Sin embargo, es importante que la relación entre un CFT y el sujeto que alberga tengan una relación consciente y coherente con los deseos del individuo, volviendo la adquisición del tatuaje una práctica cultural autónoma y no enajenada o agéntica. El bien lograr esto es menester. Por medio de la reconfiguración consciente, crítica y emancipada de las estructuras de significación hegemónicas, el sintagma del cuerpo femenino tatuado podría llegar a ser un signo de autonomía y autocracia, no sólo de fetichización e instrumentalidad erótica para los placeres de un patriarcado neoliberal.

NOTAS:

1. A partir de este momento, me referiré al sintagma solamente como “CFT”, con fines de ser más sintético y evitar posibles ambigüedades con el cuerpo físico, el tatuaje y los mismos en los estudios feministas. Este término (CFT) deberá comprenderse entonces como la imagen de este fenómeno empírico que se convierte, según su configuración semiótica, en un sintagma independiente (pero no aislado) de los otros sintagmas definidos en el transcurso del presente estudio.

2. Este aspecto de las redes sociales y la identidad requiere una profundización más amplia que, por motivos obvios del presente trabajo, no se pueden desarrollar. Se espera en un futuro poder abordarlo en investigaciones futuras.

3. Se menciona “ser humano”, para evitar confusiones de la relación intrínseca entre cuerpo femenino y mujer, debido a que las imágenes del cuerpo femenino trans conllevan otros discursos simbólicos.

4. Omitimos aquí las formas erógenas del fetichismo, por mor de la brevedad del presente trabajo. Sin embargo, es de suma importancia abordar esta área en futuras investigaciones.

5. Sobre este aspecto, Pateman (1984) y de un modo un poco más radical también Mouffe (1993) hablan sobre cómo las mujeres bajo matrimonio sirven como instrumentos de “favores” sexuales a sus esposos como una de las obligaciones inherentes de su rol como esposas. Esta situación responde a lógicas similares de la prostitución, donde las mujeres venden un favor sexual a cambio de un capital económico. En el caso del matrimonio, la mujer favorece sexualmente al cónyuge por el hecho de ser quien dé sustento al hogar y le proporcione legitimidad y posición social mediante el matrimonio.

Bibliografía

Álvarez Licona, N. E., & Sevilla González, M. d. (2002). Semiótica de una práctica cultural: el tatuaje. Cuicuilco, 9(25), 1-20.

Bataille, G. (2001). La felicidad, el erotismo y la literatura. Córdoba: Adriana Hidalgo.

Ganter S., R. (2006). De cuerpos, tatuajes y culturas juveniles. Espacio Abierto: Cuaderno Venezolano de Sociología, 15(1 y 2), 427 – 454.

García, C. T. (2000). Violencia de Género: Saberes, Estrategias de Poder y Prácticas Sociales. XIV Seminario Anual de Investigación del CENIPEC (págs. 9-30). Mérida: Revista Cenipec.

Goffman, E. (2006). Estigma: La identidad deteriorada. Buenos Aires: Amorrortu.

Moreno Romero, U. D. (2014). El tatuaje como expresión de la sensibilidad dentro de la cultura. Ontosemiótica, 1(1), 35-42.

SG, E. (2001-2017). SuicideGirls. Recuperado el 18 de mayo de 2017, de Página de inicio: https://www.suicidegirls.com

Walzer Moskovic, A. F. (2015). Tatuaje y significado: en torno al tatuaje contemporáneo. Revista de humanidades, 193-216.

Escrito por Héctor Adolfo Campa

Docente, editor, redactor, gestor académico y cultural. Egresado de Docencia de la Lengua y Literatura. Especialidades en semiótica, literatura, ciencias sociales, psicología y comunicación.

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