Por Isabel Delgadillo

“Big Duke 6 to Eagle Thrust. Put on psy-war-op. Make it loud. This is a Romeo Foxtrot. ¿Shall we dance?” Segundos después todos los hombres del coronel William Bill Kilgore, se pondrían a bailar al ritmo del sonido de las bombas y de unas valkirias que anunciarían un viaje imposible de rechazar, sobre el filoso metal de una navaja. Esta sería la travesía de sus vidas. El olor a napalm y a sangre los guiaría hasta las profundidades de una selva peludísima. La brutalidad sería la única manera de sobrevivir al eterno apocalipsis de la vida.

“Apocalypse now” (1979) es una película dirigida y producida por Francis Ford Coppola, escrita por John Milius y Coppola, que nos narra la historia del capitán Bejamin L. Willard (Martin Sheen), un combatiente de la guerra de Vietnam que, varado en Saigón, deseaba con fervor que una misión llegara a su puerta. El problema surge cuando dicho deseo se ve cumplido y le asignan una tarea súper ultra secreta: emprender la búsqueda del ex coronel Walter E. Kurtz (Marlon Brando) y asesinarlo. ¿La razón? Enloqueció, lo abandonó todo y se fue a vivir al corazón de la selva, en donde un grupo de nativos lo adoran como un Dios.

Se han normalizado atrocidades de la vida a tal grado que los discursos de la película no deberían sorprendernos. Estamos tan acostumbrados a las grandes olas de violencia, pero jamás hemos aprendido a surfear. Solo esperamos, oramos por vivir otro día más, porque alguien haga algo por nosotros y tener a quién adorar. Aquel que monte las olas por nosotros, mientras nos ocupamos de no hacer nada. “Apocalypse now” no es una película sobre un conflicto entre países. Es la historia de cómo Charlie murió por no saber surfear y de cómo Willard tuvo que aprender a hacerlo, para poder llegar a la redención, para salir de ese trance, al no sentirse ni vivo, ni muerto, y para sobrevivir al horror… al horror de nuestra propia existencia.

Esa es la premisa de una de las mejores películas que se han filmado sobre la guerra. Pero no se dejen engañar. Tan sólo es una premisa. La historia es todavía más interesante. No es por su gran casting, ni por lo difícil que fue grabarla; tampoco su bellísimo soundtrack, las explosiones o la improvisación de Marlon Brando lo que la vuelven una joya del cine norteamericano. La belleza del filme radica en que todos nos podemos sentir tan vulnerables como el capitán Willard, o tan invencibles como el excoronel Kurtz, desde la aparente comodidad de un sillón, en el que esperamos a que alguien toque a nuestra puerta con una misión, que nos despoje de la incesante rutina, o que nos despegue de Netflix, Facebook, Twitter o WhatsApp.

Escrito por Redacción Linotipia

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