Prohibido darle play

Acabo de salir de una relación tormentosa hace unos días. Duró aproximadamente dos horas y cachito. Ni más, ni menos. Sobre todo ni más, porque no hubiera podido convivir más tiempo con esas cuatro personas: Murphy y sus leyes, Electra y su vicio a siempre querer más, Omi y su infantilismo, y, sobre todo, con Gaspar Noé y sus ganas de arrebatarme las ideas hollywoodenses que tengo sobre el amor. Ya saben, muy al estilo de Holly Golightly (Audrey Hepburn) y Paul Varjak (George Peppard), amándose bajo la lluvia en Breakfast at Tiffany’s (1961), después de que él le dice a ella que la gente se enamora, porque es la única posibilidad que tienen para ser felices, o como Edward Lewis (Richard Gere) en Pretty woman (1990), superando su miedo a las alturas para poder encontrarse con Vivian Ward (Julia Roberts). En fin, todas esas ensoñaciones, de amar y ser amada, en las buenas y en las malas, se fueron al carajo cuando conocí a Gaspar Noé, cuando le di play a la película Love.

Gaspar Noé nació en la Argentina del 63, en medio de la inestabilidad política, elecciones, campeonatos mundiales y el colorido caos poético de su padre, el pintor neoexpresionista, Luis Felipe Noé. Su infancia la vive entre el aroma del mate, los grandes rascacielos de Nueva York, en donde, contradiciendo a Mecano, para él sí hubo marcha, y la ciudad que sería el escenario principal de Love (2015), una de las historias más brutales, que se han escrito sobre el amor: París, la capital del je t’aime, el sexo, las lágrimas y el vacío existencial.

Love, la película sentimental de Gaspar Noé, nos habla sobre las pérdidas. En la época en que el filme empezó a gestarse,

 la madre del director falleció. Murió al igual que la esperanza de uno de sus personajes principales, Murphy (Karl Glusman), de ver a su amada Electra (Aomi Muyock) y pedirle perdón por haberla lastimado, por haberla engañado con su vecina. Vecina que además queda embarazada.

El director no sólo nos muestra escenas eróticas, pornográficas, dirían algunos, sino también escenas de dolor. El dolor que nos puede causar la ausencia de una persona. Murphy le hace una plegaria a Dios en plena desesperación, de aquel que añora algo imposible: “Quiero volver a la primera noche. Quiero volver a amanecer con ella”. En esas tres oraciones radica la brutalidad del filme, en la imposibilidad de obtener lo que se desea y caer en la angustia. Por eso es una película difícil de ver. Porque odiamos que nos recuerden que jamás volveremos a la primera noche.

Kubrick y Pasolini no son las únicas huellas que se reflejan en la cinta, sino también la influencia plástica de su padre, Luis Felipe Noé, es más que evidente en la narrativa visual de la película. Desde la primera escena, las emociones del espectador comienzan a ser orquestadas por colores. Un rojo intenso predomina en la pareja protagónica, Electra (Aomi Muyock) y Murphy (Karl Glusman), llevando al espectador hasta el punto de cansarse de tanto deseo, mientras que los colores opacos acompañan al monólogo de Murphy en su habitación (Karl Glusman), provocando que se haga cada vez más pesado escucharlo. Noé no sólo hace a Murphy su portavoz en lo que a discurso amoroso se refiere, sino también enuncia que el cine debería tener sexo, amor y lágrimas, pues lo anterior ya es lo mejor de la vida. He ahí la justificación de todo su trabajo y también el lugar en donde podemos visualizar a sus influencias cinematográficas.

Perteneciente a la corriente de cine del cuerpo, que trata de causar un impacto en las emociones y sensaciones del espectador, de llevarlo al límite, no perdió la oportunidad de aprovechar las nuevas tecnologías. El director decidió que no bastaba con que sus actores tuvieran sexo real, sino que también el espectador debía participar, debía sentir que estaba ahí. Imagínense lo divertido de la situación en Cannes, criaturas: Todos muy guapos con sus lentecitos, recibiendo el semen de Glusman sobre sus caras, mientras la mojigatería se manifiesta en las redes sociales y en los principales diarios del mundo, olvidando que todos hemos perdido a alguien, que algunos otros tenemos el complejo de Electra, sin llevar ese nombre y que todos hemos deseado alguna vez participar en una orgía.

Gaspar Noé es un director de valientes, de personas extremas y de masoquistas. El final es una belleza, un rayo de sol, después de la tormenta a la que uno mismo se mete. Pero para llegar a dicho final, hay que haberla cagado. Porque no hay nada más puro que el sueño de amar, el simple deseo de que el otro se encuentre bien, después de vivir en el sufrimiento, como es el caso de Murphy, que lloroso durante todo su soliloquio, no sólo le pide perdón a Electra, por orillarla a su posible muerte, sabiendo que era poseedora de una personalidad suicida, sino también de su pequeño hijo, que ni vela tiene en el entierro, pero que aunque bebé, se da cuenta de los conflictos entre sus padres y por eso se la pasa llorando.

El final es tan bello e idílico, que si uno no ha visto el resto del filme pensará que se trata de una bella historia de amor a la Amélie (2002). Obviamente súper romántica, porque es francesa. Pero no. Se trata de la historia de una relación de pareja común. De dos personas reales, tan reales que Gaspar Noé conoció a sus actores en antros. De tu historia, de la mía. De cómo la nostalgia es parte inherente del ser humano, al igual que el sexo. Sexo que puede llegar a cansarnos y aburrirnos, a tal grado que olvidemos el amor que sentimos por una persona. Love es una historia de amor contada de la manera más real y brutal. Si tú odias que te digan las cosas de forma tan directa, o eres sensible hasta la médula, queda prohibido darle play.

Escrito por isabeldelgadillo

Amante de la ociosidad, de la madrugada (notese en mis grandes ojeras) y, como decía el gran crítico de cine Roger Ebert, de estar al centro de la pelicula de mi vida.

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