Por Abraham Enrique Briseño Diaz

Alex, mi gran amigo, esta noche me asfixia nuestro pasado, tal y como tu espíritu me decía “Isaac, quédate conmigo, si he de perderlo todo en esta ciudad, que sea con mi hermano”, pero también me ahoga la manera en que tus acciones nos fueron distanciando. Cuando pienso en verte recuerdo el frío de una mañana temprana y, como el dolor de los huesos de un hombre, acompañaba al escarchado concreto de las calles. Ni todas las luces de Las Vegas y su parafernalia podían darle felicidad, solamente el imaginario sonido de monedas cayendo al suelo creaba arritmia en su corazón, pero su vista no era como él lo desearía y sus bolsillos eran livianos. En aquella ocasión, el brillo azul de sus ojos pareció causar lástima al alma de otro hombre que caminaba por ahí.

Su porte era apuesto y elegante, ambos se vieron a los ojos y aquel catrín, vistiendo blanco impecable y un sombrero oscuro, extendió su mano derecha a la altura del rostro de Alex. Abrió su mano y le mostró dos dados en el centro de su enorme palma. No logré escuchar de lo que hablaban; pensé que le daría limosna, pero una sonrisa plástica me hizo saber que ambos convinieron en intercambiar su suerte. No comprendí en qué le podían servir dos tristes dados nuevos, y ya no quería verlo sufrir de nuevo, tenía que escapar, la adrenalina de la victoria lo había enamorado y aún luego de la ruptura, él no lograba olvidar.

Hoy vuelo a Las Vegas. Había estado tanto tiempo en París, tan lejos de la tristeza de Alex; aun con el enorme peso de mi alma lejos de mi hermano, había podido juntar el dinero suficiente para tomarme un tiempo de asueto, pero por alguna razón nunca pude tener una vida en ese lugar. Aún cuando me encontraba harto, tan molesto de odiar su pobreza y su riqueza, su tristeza y su falsa felicidad, sus pies descalzos y aquellos finos mocasines, no podía dejarlo solo. Él logró llamarme antes que yo mismo lo hiciera para decirle que iba de regreso, despues de mucho tiempo sin verlo. Justo antes de tomar el vuelo, él me citó en el bar café de siempre. Espero que al verlo no sea el mismo por quien abandoné Las Vegas, el mismo por quien también comencé allí, aún me cuestiono si cruzaré el mundo sólo para verlo.

“Isaac, deberías conocer las ansias con las que Alex te espera sentado a la mesa, pero no pienses en lo apacible que se encuentra en su mirada, como fuma y tiemblan sus dedos, como sorbe el café y sus manos tienen la fuerza para levantar la taza pero no su propio espíritu”. Mis labios se llenan de placer y el viento frío colma mi pecho, mis garras acarician su cuerpo cada vez que lanza los dados. Me encanta sentir su despreocupación, he puesto una negra sábana sobre su alma y aún así no espera el final, su actuar es tan perfecto ¿Será porque soy yo aquel que porta su piel? Lo enriquecí en los casinos, no había manera humana de que en sus manos existiera el espacio para tantas monedas, por eso le dí mis manos; le dí virilidad con todas las mujeres que él anhelaba, en su lujuria perdió el pudor y hasta a mi mismo me hizo el amor, quizá ya nunca volvió su estómago a añorar el alimento, pero con cada noche, con cada moneda y mujer, cuando sus dados caían de sus manos, seguidos de su aumento cardiaco y sus alaridos de codicia, me iba entregando poco a poco su alma, ¿Quién lo diría? tan sólo luego de un instante que estuvo dentro de mis fauces sentí mi victoria, cuando aumentaba la temperatura de mis costillas y lo aprisionaba dentro mi espinazo, cuando toda la sangre que él me entregó caía por mi garganta y quemaba su cuerpo. Alex me rogó tomar el alma de Isaac en lugar de la suya, era tan delicioso el aroma de este amor prohibido, el romance entre Alex y la bondad, puedo saborear que Isaac está dispuesto a todo, cuando beba la taza de café que le he preparado, comenzará a pertenecerme, ¡Qué gran amigo! ¡Qué hermosa amistad!, no hay mayor amor que éste, entregar la vida de tu hermano en lugar de la tuya.

Hay desconcierto en la mirada de Isaac, su voz me pide que le revele si hay algo mal en mí, pobre de aquellos que osan buscar bondad en donde sólo habitan mis demonios. Este hombre lo ha dado todo y eso mismo perderá, no sabe que soy yo a quien le pide una explicación. Supongo que de alguna forma aún tiene fe en ese maldito, no sabe quién ha encendido su cigarrillo, no comprende que su corazón está abrazando mi viejo y escamado cuerpo, y que mi guadaña está sobre su cuello. No sabe que ha fumado mi aroma y bebido mi sangre, que aquel a quien ha llamado su mejor amigo, es el mismo Lucifer. No lo digo por retener el alma y el cuerpo de aquel hombre que fingía una amabilidad fría, sino porque él me entregó a la única persona que lo creía incapaz de hacer un trato conmigo. Alex demostró quién es estando en mi tormento, pero mi maldad se ha puesto en juego, me estoy volviendo viejo para esto, pero mi esencia ya ha enamorado a este mundo, ¿el hombre me habrá superado?

Escrito por Redacción Linotipia

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