Por Miguel Corral

“…el matrimonio entre personas del mismo sexo se volvió una forma de anunciar al mundo que los homosexuales podían ser “personas respetables” y de confianza, que tenían la capacidad de formar, criar hijos y alinearse a los mandatos sociales de los que originalmente, habían decidido desprenderse”.

A finales de los años sesenta, las personas trans, gays y lesbianas, se organizaron en colectivos para hacer frente a la sistemática discriminación y violencia de las cuales, históricamente habían sido objeto: su lucha era por el reconocimiento por su diferencia, sin que eso, necesariamente, significara una patologización de su “condición homosexual”. A partir de ese momento que cuestionaron las bases biologicistas de investigaciones que apelaban a errores genéticos y aseveraciones similares para tratar de explicar porqué una persona sentía atracción erótico-afectiva por alguien de su mismo sexo.

Esta lucha por el reconocimiento fue fructífera y representó la posibilidad de hacerse visibles y salir a las calles sin que los acusaran de “faltas a la moral o violar las buenas costumbres” o el ambiguo “comportamiento inadecuado”. Los ideales de aquello que se conoció como “la liberación homosexual”, fueron acompañados de los movimientos de la revolución sexual y el feminismo, que cuestionaban la estructura patriarcal de la sociedad y la imposición de sistemas de sexo-género binarios que ponían en una situación de subordinación a las mujeres y por extensión, a las personas con orientación sexual e identidad de género no normativas respecto a los varones heterosexuales.

Sin embargo, los avances que paulatinamente se fueron logrando respecto al derecho a ser diferente, se vieron mermados a principios de los años ochenta, cuando una rara enfermedad comenzó a atacar especialmente a hombres jóvenes blancos gays. Aunque inicialmente se le dio el nombre de “Peste rosa”, poco tiempo después se descubrió que era causada por un retrovirus que ataca el sistema inmunológico del organismo humano. Así, la epidemia del sida acabó con el sueño de emancipación reforzando el estigma y la exclusión de las personas de la diversidad sexual, dejándolas confinadas en una crisis de salud que provocó la muerte de miles de personas.

En este contexto, la lucha por los derechos LGBT se enfocó en apoyar a quienes, siendo abandonados por sus familias, amigos y por el Estado, estaban muriendo en soledad. Atravesando una enfermedad dolorosa y cruel. Por otro lado, destinaron sus esfuerzos para presionar al gobierno y que emprendiera acciones que ayudasen a encontrar una cura.

Las reacciones de odio y los grupos conservadores apelaron a las nociones de pecado, castigo, vergüenza y culpa, para explicar que el comportamiento sexual desviado era la causa de que la enfermedad atacara a homosexuales y que el arrepentimiento era la única forma de recibir el perdón divino, para dejar de sufrir.

Fue en ese escenario de devastación y motivados por la ignorancia, la desinformación y el miedo, que los movimientos de liberación homosexual, ahora dedicados casi exclusivamente a la lucha contra el sida, comenzaron a incorporar cuestionamientos sobre el cómo se relacionaban sexualmente en las últimas décadas y si en verdad, un cambio en dicho comportamiento sería la clave para acabar con la enfermedad.

La crisis del sida, el liberalismo neoconservador que tomaba mayor preponderancia, no sólo en la política económica sino en la reconfiguración de la sociedad y, particularmente del rescate al modelo familiar tradicional y de los estilos de vida de las personas, además, el estigma con que los medios de comunicación abordaron el tema, fueron determinantes para que se diera un giro, a mediados de los años ochenta, en la manera de percibir la vida y la sexualidad de los homosexuales.

Regular cómo “debía ser vivida”: mayor recato, más autocontrol, estabilidad y monogamia. Dicho en otras palabras, la forma considerada más efectiva de combatir el sida, era limitar el número de parejas sexuales o practicar la abstinencia y ser fiel a un solo compañero sexual. Además, frente al linchamiento social y la exclusión padecida, se fue haciendo frecuente una necesidad de tratar de demostrar que los homosexuales podían llegar a ser tan “respetables” como las personas heterosexuales.

El modelo familiar por excelencia fue el de la clase media blanca y parecía que alcanzándolo, habría una forma de legitimidad que redimía aquello que se había construido antes de la epidemia del sida. Así, el segundo giro volcó, del activismo del sida, a la conformación de un status quo que pareciera aceptable al resto de la sociedad. Y esto, podría lograrse sólo a través de la inscripción y participación en las instituciones sociales que históricamente los habían dejado fuera: el matrimonio y la familia.

Desde ese momento, el matrimonio entre personas del mismo sexo se volvió una forma de anunciar al mundo que los homosexuales podían ser personas respetables y de confianza, que tenían la capacidad de formar, criar hijos y alinearse a los mandatos sociales de los que originalmente, habían decidido desprenderse. Se dio pues, un corrimiento de la reivindicación de la libertad manifestada principalmente a través de la sexualidad hacia un lugar en donde la homosexualidad fuera considerada un “estilo de vida” inscripta en los códigos institucionales heteropatriarcales.

Alejados de este activismo, existen movimientos que, por el contrario, reivindican su disidencia a la heteronorma y sus instituciones como forma de contestación radical frente a la normalización de la cultura dominante y la cooptación que ésta ha hecho de gays y lesbianas. Los movimientos queer o marica, hermanados con el feminismo, utilizan el insulto o la injuria para activar políticamente su identidad como forma de confrontar los sistemas de captura que buscan codificar sus cuerpos, sus subjetividades y sus deseos. Los erroneamente llamados “radicales”

En la actualidad, el activismo LGBT mantiene el compromiso por alcanzar los mismos derechos que las personas heterosexuales; su principal estandarte sigue siendo el matrimonio, la adopción y la familia. De esta manera, lo que originalmente fue la lucha por el reconocimiento de la diferencia –sentirse orgulloso de ser diferente- se transformó a lo largo del tiempo hacia la lucha por la igualdad. En este contexto, nada más apropiado que llamar “matrimonio igualitario” al matrimonio entre personas del mismo sexo.

 

Miguel Corral es marica, militante por los derechos de la diversidad sexual y el VIH, maestro en Estudios Culturales por El Colef. Actualemtente estudia el Doctorado en Estudios Latinoamericanos de la UNAM. Es miembro del Comité Binacional de VIH/sida e ITS San Diego-Tijuana.

miguel.corral@comunidad.unammx.
@elmaikco.

Escrito por Redacción Linotipia

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