Por Denisse Beltrán
Foto: Daniel  von Appen

No sirvió de nada

Cada minuto de cada hora de cada día, cada transporte público de cada mañana, cada alegría mediocre de cada receso de cada jornada, cada regreso a casa en cada atardecer plomizo, cada noticiero de cada medianoche, cada repetición ininterrumpida de cada semana por los siglos de los siglos, desde cada decisión funesta de ‘necesitamos un apartamento’, desde el estúpido entusiasmo de ‘tengamos otro hijo’, desde que aquella ilusión infantil de ‘no seremos como todos’ se fue despedazando poco a poco.

Gaby tardó casi una hora en acostar a los niños. Para cuando la sientes a tu lado en la cama se te pasaron las ganas de hacer el amor, pero es martes y falta mucho para la siguiente oportunidad. Te esfuerzas por subir y empujar con la tele prendida, pero apenas comienza el atisbo de calor cuando ella dice que tiene sueño, que mañana los dos madrugan. Más ataques terroristas en Irán y Gaby está helada. Peligra la bolsa de valores mientras ella no te desea. Cada quién se duerme en un lado y despiertan al mismo tiempo, casi no puedes verla de frente.

— ¿Sabes en qué estaba pensando, Gaby? —Le preguntas durante el desayuno fugaz.

— ¿Mande? —Responde distraída tratando de vestir a Carlitos.

Vero sentada en tu pierna no deja de pasar sus deditos ensalivados por tu cara, hasta que alguna cosa en el suelo la distrae y la bajas para que lo tome. En tu pantalón queda dibujado un círculo de orina.

Compartes la oficina con dos mujeres que conversan el día entero entre ellas y siguen esperanzadas de que te les unas haciendo preguntas tontas. Que si los niños, que si la esposa, que si los suegros, que si el fin de semana. Sabes que te preguntan para poder contarte sobre ellas, tratas de ignorarlas, especialmente esta mañana de chubascos en que casi no hay nada que hacer pero debes fingir constantemente que trabajas.

—Ya casi de vacaciones, ¿qué dice Gaby?

Escuchas la pregunta sin estar seguro de quién te está hablando, tampoco te importa realmente.

—Pues qué va a decir, — responde la otra por ti. —se la van a pasar muy ocupados, ¿no?

Detestas esa risita aguda que las hace arrugar la nariz y mirarte de esa forma tan obscena, detestas que hablen de ti, de ella, que no puedan callarse por ocho horas. Les sonríes y sigues fingiendo, aunque las letras en el monitor bailen ante tus ojos y la luz blanca te provoque náuseas, tú sigues fingiendo y hasta te ríes si es necesario. Haz hecho lo mismo por un tiempo considerable, un día más no es nada. Un día más. Finges. Sonríes. Asientes. Te preguntas cómo lo consiguen ellas sin que se les note el tedio, cómo lo conseguirá Gaby encerrada en la casa, en qué estaba pensando anoche cuando te apartó…

— ¿Te sientes bien? Estás pálido.

Alzas la vista. Tus compañeras te observan preocupadas. Tratas de fingir pero ellas insisten en que te retires temprano. Te disculpas vagamente y pides que intercedan por ti. Siempre es extraño dejar la luz artificial y salir a la luz abrupta del sol. Regresas a casa más rápido de lo normal, casi contento. Apenas abres te recibe el estruendo de la televisión de la sala sintonizada en un canal para niños. Huele a comida recalentada.

Carlitos sale de tu cuarto envuelto en una cobija, lo sigue Gaby que apenas te mira deposita a Vero en tus brazos.

—Qué bueno que llegaste. Tengo que llevar al niño con el doctor, tú cuida a Verito y bañala, por favor.

—Gaby…

— ¿Mande?

Ella ya tiene un pie fuera de la casa. Espera una respuesta rápida y concreta, pero no la tienes.

—Nada.

La niña no deja de llorar desde que vio a su madre salir corriendo de la casa. La desnudas y sientas en la bañera medio llena, no sabes exactamente cómo se supone que debes hacerlo, te limitas a consolarla entre dientes echándole agua en la cabeza. Vero berrea cuando no le hablan, según explicó Gaby, así que tratas de contarle cualquier cosa. Darías tu alma porque te entendiera. Hubieras querido decirle que no soportas las paredes chorreadas de grasa en la cocina, no soportas la luz blanca de la oficina ni los malditos pitidos del tráfico ni el olor a mierda de los pañales, no soportas la humillación en los gemidos que Gaby finge y cree que no te das cuenta. Hubieras querido decirle que estás cansado de estar cansado. Vero te mira con esos ojos tan grandes y bobos, porque no tiene ni el año y por más que te gustaría, no entiende nada de lo que dices.

Abres la llave del agua caliente y te das cuenta de que ese ruido de fondo es la televisión que continúa encendida. Sales del baño y con lo primero que tomas del suelo la pantalla se hace añicos, estalla como quejándose. A tu espalda, escuchas de nuevo el berrido.

Sales corriendo de ahí castigando los escalones del edificio. Una vez en la calle respiras hondo apoyando las manos en las rodillas. En esa misma avenida conociste a Gaby, te acuerdas de repente. Sus iniciales siguen grabadas en el cordón de la acera. Las repasas con el dedo sintiéndote más solo que la noche anterior, más triste y a la vez más tranquilo. Contemplas el atardecer sangriento hasta que aparecen las estrellas y regresas sobre tus pasos arrastrando los pies.

No queda ningún sonido, sólo sombras que se difuminan conforme enciendes la luz de la habitación y tomas la mitad de los ahorros guardados en la cómoda. Te aseguras de cerrar con llave y ya de nuevo afuera detienes el primer taxi que pasa. Le pides que te deje en tal parte. Tratas de recordar el rostro de Gaby años antes, cuando se inclinaron para dibujar sus iniciales, pero es difícil. Sabes que te pidió algo antes de irse, pero no estás seguro.

 

Originaria de Tijuana, actualmente trata de sobrevivir a la carrera de Literatura. Ha colaborado en revistas independientes como Littengineer y El Morador del Umbral con cuentos breves, y solo una ocasión participó en un slam de poesía.

Contacto:
beltran.denisse@uabc.edu.mx

 

 

Escrito por Redacción Linotipia

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