Por Juan Antonio Hernandez Ambriz

Perra suerte – Antonio Ambriz

“Perra suerte”, dos palabras que me he repetido a diario desde mi accidente ¿qué me costaba dejar el orgullo a un lado? Tú te ofreciste a ayudarme, sólo era cambiar un pinche foco, sólo querías sostenerme la escalera.

—Por favor, Vicente, ya estás viejo, déjame ayudarte — y yo como el necio que soy no quise hacerte caso.

Te mandé a la cocina, subí hasta la cima de la escalera, logré quitarlo; fue ahí donde al buscar el repuesto mis pies se resbalaron del escalón y desde poco más de un metro mi cuerpo se desplomó en el aire.

—¡Perra suerte! —grité antes de que mi cabeza se estrellara contra el suelo, un estruendo se escuchó en la sala, mi cuerpo había colapsado contra la superficie de madera, sólo recuerdo escucharte dar un grito horrible, mientras me invadía una sensación de calor que poco a poco se elevaba, entraba por mis fosas nasales un olor a azufre. Yo sé que era el infierno, y que ni el diablo me quiso, por eso estoy aquí; muerto en vida.

Por no sentirme inservible pasé a convertirme en un bulto inmóvil; tirado en la fría cama de un frío hospital, viéndote ahí, a diario, mayormente sentada, triste. A veces lloras, como ese día en que para ocultar tus gimoteos decidiste encender la radio, sintonizaste nuestra estación favorita; sonaba Louis Armstrong, un clásico entre tú y yo. Rompiste en llanto y no hice más que preguntarme: ¿Qué tan maravilloso es mi mundo?

—Perra suerte —susurré en aquel bar de mala muerte. Las propinas eran escasas. A la gente no le importó escucharme tocar la trompeta por más de media hora; no me alcanzaba ni para un trago, entonces con la frente baja guardé mi instrumento en su estuche, pasaba a retirarme, pero te escuché…

— ¿Quieres un cigarrillo?

—Desde luego, ¿Cuál es tu nombre?

—Clara ¿Y el tuyo?

—Vicente, mucho gusto.

—Eres talentoso.

—Sí, sí… por eso me diste propina, ¿verdad?

—No lo hice, pero puedo invitarte un trago.

Accedí. Aún puedo recordar tus expresiones tan coquetas, los chistes tontos que me contabas; llamabas mi atención con la firmeza que ejercías en tus manos. Lucías tan segura y dominante; los repentinos jugueteos insinuantes de tus dedos; bebías cada sorbo de alcohol con tanta elegancia. Cada canción que sonaba en el bar lograba sincronizar bien con el momento.

Esa noche supe que por un tiempo la suerte había dejado de ser una perra conmigo. Años después nos casamos, todo parecía perfecto, hasta que nos dimos cuenta que nuestro matrimonio era un suelo infértil, y sólo nos tendríamos el uno al otro, pero lo superamos, como todos nuestros problemas.

Es triste tener que abrir los ojos para verme rodeado de máquinas, que mantienen una sensación de virilidad falsa, me mantienen en un limbo, entre vivo y muerto, más muerto que vivo. Me siento despreciable, te tengo atada a mí, te mantengo sufriendo a diario: yo sé que has gastado todos nuestros ahorros, no queda más… pero ni pa’ morirme fui bueno, me quedé a medias.

—Perra suerte —dije aquella noche, cuando me di cuenta que era tan viejo como para quedarme sin aliento a media melodía nocturna en oda para ti. Añoraba las noches vigorosas donde la única forma en que mi trompeta dejara de sonar era cuando tú me lo pedías. Te compadeciste de mí; sólo me abrazaste y solapaste mi vejez.

Despreciaba cada día que pasaba porque me volvía más viejo; hoy desprecio cada día que pasa, porque no me he muerto.

—Perra suerte —suena en mi cabeza.

 

 

Antonio Ambriz, nacido en el infame 12 de junio de 1997, en el rincón más inmundo de Tijuana. Actualmente estudia (se supone) la licenciatura en Lengua y literatura de Hispanoamérica en la Universidad Autónoma de Baja California. Así mismo participa como ilustrador (por lo menos lo intenta) en el colectivo Nombres-X (X-Names).

Email:
ahernandez10@uabc.edu.mx

Instagram: @Chilpayatetriste @Nombresequis

Escrito por Redacción Linotipia

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