Por Farina Rodríguez

El otro siempre es lo que yo quiero que sea:
12 Angry Men y la importancia de la confrontación

 

“El jurado #8 representa al caballero blanco con un atuendo igualmente memorable, refuta los argumentos en contra del acusado uno a uno; mientras la audiencia percibe sus acciones como nobles y ejemplares, el jurado #8 se muestra siempre consciente de la responsabilidad que implica el tener una vida en las manos”.

Que alguien nos enseñe el modelo político adecuado para combatir los grandes padecimientos que aquejan a la sociedad actual. No, mejor todavía: que alguien nos diga, cómo se ve la democracia en su casa, porque eso de que la democracia se aprende de los gobernantes nos hace ver muy mal.

Entre las cosas que sabemos, debemos destacar las siguientes: la democracia se enseña desde el hogar, pero nadie nos dice cómo ejercerla apropiadamente. Con toda la franqueza que puedo expresar me pregunto si es tan malo esto de tomar decisiones y atender a las opiniones ajenas mediante tropiezos y metidas de pata. Porque sí, la única manera en que los mexicanos sabemos hacer democracia es torpemente y “a la brava”, igual que lo hacemos con muchas otras cosas. Ahora, si estamos equivocándonos por todas partes, ¿no sería más adecuado empezar por micro-revoluciones individuales? Entonces, que sea válido depender de los recursos a nuestro alcance para educarnos un poco más acerca del ejercicio apropiado que la democracia demanda, incluso si tenemos que hablar de películas en blanco y negro.

El pasto es verde, el cielo es azul y 12 Angry Men (1957) es una joya. Lo que surgió como un episodio para televisión en vivo escrito por Reginald Rose se convirtió en una de las películas más relevantes para las sociedades contemporáneas, así como una obra clásica y de culto dentro del ámbito fílmico. Dirigida por Sidney Lumet, 12 Angry Men retrata la historia de un jurado conformado por 12 hombres quienes decidirán el destino de un joven al que se le ha acusado de asesinato. Ante una primera votación, 11 hombres habrán declarado al acusado como culpable, será el miembro del jurado #8 (Henry Fonda) quien dará lugar al diálogo durante el resto de la película. A través de una excelente ejecución actoral, el jurado #8 representa el modelo del ciudadano ideal, abre la puerta al intercambio de opiniones, conjeturas e incluso a la revisión de la evidencia y de los testimonios presentados. Mostrando una posibilidad mínima acerca de la inocencia del joven acusado, el jurado #8 expresa desde el momento en que le es otorgada la palabra que sólo quiere hablar. Una propuesta que no muestra un dejo de prepotencia, pues se halla completamente dispuesto a atender las decisiones de la mayoría si es pertinente. El jurado #8 representa al caballero blanco con un atuendo igualmente memorable, refuta los argumentos en contra del acusado uno a uno; mientras la audiencia percibe sus acciones como nobles y ejemplares, el jurado #8 se muestra siempre consciente de la responsabilidad que implica el tener una vida en las manos.

No obstante, la transformación más bella que presenciamos durante los 96 minutos más tensos que admirablemente se pueden conseguir se halla en el resto del jurado, en cada uno de los miembros.

Es de esperarse que Henry Fonda salve el día mientras utiliza una elocuencia envidiableimage para probar sus argumentos, no hay nadie mejor para el papel; pero presenciar la transformación de 11 hombres que confiaban plenamente en la culpabilidad de un hombre hasta considerarla como una verdad más en esa colección que las personas nos reservamos para la intimidad de nuestros pensamientos sigue siendo una de las expresiones más honorables que el cine ha podido retratar. Es sumamente difícil convertirnos en el jurado #8, hasta podemos cuestionar la efectividad del mismo en determinadas circunstancias; pero mostrarnos imperfectos mientras toleramos cómo la voz ajena hace frente a las incongruencias de nuestras aseveraciones es una experiencia intrínsecamente universal. El reconocimiento de la ausencia de civilidad en nuestros actos u opiniones no reduce la valía de nuestro carácter, sabemos cuán difícil supone mostrar entereza en esos momentos, por eso experimentamos la misma transformación que estos jurados imperfectos. Sí, es difícil ser el jurado #8, pero ser alguno de los 11 miembros del jurado es real: es de gente, la gran diferencia radica en la aceptación de nuestras faltas y el reconocimiento de nuestras responsabilidades. Así dejamos de ser los malos.

12 Angry Men funciona como una herramienta de transformación social y política, sin embargo, ésta solo será posible a través de las transformaciones individuales que los miembros de la comunidad experimenten. El carácter progresista que el movimiento democrático representa dista mucho de manifestarse a través de una cantidad numerosa de simpatizantes, más bien se refleja mediante los vagos destellos de civilidad y tolerancia que presenciamos todos los días entre nuestros conocidos. La democracia se ve como un bosquejo imperfecto, a medio terminar y cubierto de polvo después de no atrevernos a tocarlo desde nuestras últimas elecciones presidenciales, pero se ve; sin embargo, un trabajo hecho a medias es bastante mediocre.

Para los interesados en narraciones semejantes en formato y estilo a la obra de Sidney Lumet presentamos las siguientes cintas: Rashōmon (1950) del director Akira Kurosawa y The Man from Earth (2007) de Richard Schenkman. Rashōmon refleja las múltiples interpretaciones de una historia al ser presentada por distintas perspectivas y, al igual que 12 Angry Men, prioriza la relatividad de la verdad ante la presentación de una historia relatada a través de las particularidades individuales de los personajes. Por otra parte, The Man from Earth está muy lejos de considerarse una obra ejemplar del cine, tampoco cuenta con una trama y actuaciones ejemplares, pero podemos reconocer que la obra de Schenkman cuenta con un diálogo interesante que benignamente nos incita a cuestionar las creencias y afirmaciones más arraigadas en la historia del ser humano. The Man from Earth nos muestra una conversación dinámica entre los argumentos presentados por múltiples individuos de ciencia y un hombre que afirma ser un cromañón que ha experimentado la evolución de la humanidad de manera simultánea a la evolución de la Tierra.

Profundizar de manera crítica en nuestras realidades es un acto sólo para valientes, pero abstraernos completamente de los factores subjetivos creados por la especie humana nunca ha sido una opción. La tarea colectiva que debe ser atendida de manera inmediata yace en esas simples normas de convivencia que todos conocemos, por supuesto, abriendo la puerta al diálogo ya que la práctica democrática sólo podrá ser estimulada mediante el mismo, ¿no lo cree así?

 

Farina Rodríguez, Estudia la carrera de Docencia en Lengua y Literatura en la Universidad Autónoma de Baja California. El día que nació, su abuelo llamó a una estación de radio para felicitarlas a ella y a su madre. Le gustan los perros y escribir con pluma fuente.

farina.rodriguez@uabc.edu.mx

Escrito por Redacción Linotipia

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