Crédito de imagen: Mario Delgado

Por Sergio Brown Figueredo
https://sergiobrown.org

2018: La Demo-jaja-cracia electoral en México y la disputa por la izquierda (I)

La lógica política indicaba que AMLO sería en el 2018 elegido por mayoría de votos presidente de México. Pero faltaba algo; que el sistema político lo reconociera. Recibir la cargada de los sectores empresariales, campesinos y obreros.

Cuando se dibuja en nuestro lenguaje la palabra democracia, el sentido común nos remite a la definición básica moderna: un proceso electoral donde los ciudadanos o votantes, eligen un representante de diversa oferta programática e ideológica, y triunfa el candidato con mayoría de votos. Pero en México decir democracia también remite a un hilo de fraudes desvanecidos al aire. Nuestra historia explica, paso a paso y ya por siglos, la democracia es laberinto de trampas, imposiciones, pactos o caprichos presidenciales. La democracia mexicana tiene parecido al simulacro: una imagen hecha a semejanza de un hecho, sin serlo. Tenemos la democracia que nunca ha sido o la demo-jaja-cracia mexicana.

Durante el siglo veinte mexicano el Partido Revolucionario Institucional (PRI) se consolidó como potencia hegemónica y partido de Estado mediante trucos coercitivos en el ejercicio del poder y el manejo amigo del presupuesto, que incluyeron espirales de prácticas electorales inscritas en el abecedario de la tranza y de la trampa: embarazo de urnas, tacos, boletas duplicadas, sustitución programada de funcionarios de casilla, asalto de los votos a mano armada, compra o manipulación de las autoridades electorales, carrusel de votantes y demás métodos oscuros. Diseñó una maquinaria electoral sólida e invencible que permitió a la clase gobernante postrevolucionaria intercambiarse por décadas el poder sin oposición. La era del dedazo y el dinosaurio revolucionario.

La democracia real, más allá del manifiesto de papeles en las urnas, es la participación activa del ciudadano en el diseño y práctica de la organización social donde todxs deciden lo de todxs y nadie manda a otro más que a sí mismo y a su voluntad de participar en la biografía política grupal. Se supone, la democracia electoral nos empujaría a la democracia real y seguimos esperando. El ritmo existencial de las ciudades, mas el clima de violencia y apatía en que nos tiene sumidos el neoliberalismo salvaje, hacen casi imposible participar en actividades partidarias. Esa situación favorece que nuestras demandas sean satisfechas con una democracia electoral coja y por lo tanto, somos víctimas de nuestra desmovilización. El shock fue el objetivo y lo lograron. Y con ese cuerpo político disfuncional, en Baja California se dieron una sucesión de actos políticos de oposición o resistencia que tuvieron distintos orígenes y trayectos en el sendero ideológico mexicano.

Desde los años sesenta del siglo veinte el Partido Acción Nacional (PAN) en Baja California enfrentó fraudes electorales priístas, y acumuló en un periodo histórico de décadas una amplia base de apoyo en sectores conservadores o católicos, conjuntó fuerzas ciudadanas sin partido que fueron difíciles contener en la opinión pública y en Ensenada se logró en mil novecientos ochenta y seis el triunfo de Ernesto Ruffo Appel a la Presidencia Municipal. Se le pinchó un huevito al dinosaurio. La democracia electoral llegó a Baja California no porque el PRI haya descubierto en el espejo su limpieza, no le alcanzó el fraude para frenar la ola cívica activada por el panista con acciones tan sencillas decía, como barrer la banqueta de la casa a diario y un lenguaje popular norteño que pegó directo al corazón de las clases medias y medias altas bajacalifornianas. Pero en la política real mexicana, el efecto viral de la ruffomanía no tendría final feliz sin la sincronía con la campaña presidencial donde “se cayó el sistema”, se grabó al inconsciente colectivo como prueba de fraude.

En mil novecientos ochenta y ocho el empresario sinaloense Manuel J. Clouthier fue candidato presidencial panista, de carácter franco y cuerpo grande, encabezó una corriente de empresarios que sin trayectoria política se afiliaron al PAN. Fueron bautizados como los bárbaros del norte. La retórica e imagen del Maquío fue tremenda para lo diminuto del candidato del PRI, Carlos Salinas de Gortari, que desde el lado izquierdo fue torpedeado en mayoría por Cuauhtémoc Cárdenas y el Frente Democrático Nacional. La presión popular mediante el voto expresado en las urnas contra el candidato del sistema fue abrumadora, la elección resultó un bochornoso fraude y para salvar al incipiente proyecto neoliberal se cayó el sistema. Mejor dicho, lo tumbaron desde esa críptica Secretaría de Gobernación comandada por Manuel Bartlett que instruyó se ocultaran los cómputos de votos en las computadoras centrales el seis de julio, y contuvieron unos días el resultado real para cuadrar números entre las urnas violentadas y las actas electorales.

Triunfó de nuevo la demo jaja cracia y como acuerdo, las cúpulas del PRI y el PAN articularon un proyecto transexenal que dividió posiciones de poder a cambio del reconocimiento del supuesto triunfo de Carlos Salinas de Gortari. El cogobernante desde el PAN fue Diego Fernández de Cevallos, quien como jefe de la bancada legislativa de su partido, logró las boletas electorales fueran quemadas y se sepultaron las pruebas del fraude. El uno de octubre de 1989 muere en extraño accidente carretero, Manuel J. Clouthier y se apagó con él una voz crítica que Salinas y el jefe Diego no necesitaban para perpetuar su acuerdo.

Los amarres cupulares entre el PRI y el PAN sellaron el triunfo de Ernesto Ruffo Appel en la elección de mil novecientos ochenta y nueve por la gubernatura de Baja California. El acuerdo no significaba que el panista careciera de apoyo popular, pero lo concertado permitió que el PRI no metiera lodo a las urnas y dejara fluir la votación en paz. Fue Baja California donde el salinismo dejó pasar el primer triunfo de un candidato de oposición a una gubernatura. El primer paso de un recambio diseñado. De ahí se pintó de blanquiazul el norte de México y poco a poco, pasando por un sexenio gris de Ernesto Zedillo, llegó la llamada alternancia en el año 2000: ganó las elecciones presidenciales el gringo-guanajuatense, Vicente Fox Quesada. Un producto oscuro como la Coca Cola, en apariencia bronco pero domesticado en la sombra por los empresarios que con sus millones lo montaron a su caballo-campaña. Logró sacar, en apariencia, al PRI de Los Pinos, llegó a la silla para finalmente disque cambiar y todo siguiera igual: no metió a ningún político corrupto a la cárcel, pactó con los dirigentes charros de los sindicatos oficialistas, mantuvo la misma política económica y se prestó a dinamitar las elecciones del 2006. Fue un continuador de la demo jaja cracia nacional.

 

 

Sergio Humberto Brown Figueredo. Es Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Baja California. Fue video jockey del Colectivo Nortec y colaborador visual de Bostich + Fussible. Editor y director de documentales tradicionales y autobiográficos como Modernidad(contra)modernidad, Huracán76 y Saicología. Co-editor de la Editorial Piedra Cuervo y escritor de libros de ficción autobiográfica: Huracán, Diciembre y Saicología. Vive en Playas de Rosarito, Baja California, México.

 

 

 

 

Escrito por Redacción Linotipia

Un comentario

  1. Saúl Acosta García 31 julio, 2018 en 10:16 am

    No me queda claro lo de “Demo-jaja-cracia”, parece un título que al momento está más allá de lo expuesto a lo largo del texto. No obstante, suscribo algunas de las ideas presentadas.

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