Por Sergio Brown Figueredo
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2018: La Demo-jaja-cracia electoral en México y la disputa por la izquierda (II)

 

“El clímax de la política ficción”

Del año 2000 surgió otro fenómeno político electoral en la antigua Tenochtitlán: Andrés Manuel López Obrador, el tabasqueño dos veces candidato al ejecutivo de su estado y despojado del triunfo mediante las mañas de los mapaches cercanos a La Venta, pasó al macro plano político al encabezar el éxodo por la democracia en mil novecientos noventa y cuatro, caminata de Villahermosa a la Ciudad de México en protesta por la fraudulenta elección. Ya en el centro de los reflectores pasó a ser presidente del Partido de la Revolución Democrática y recambio político de Cuauhtémoc Cárdenas. En el año 2000 ganó la jefatura del gobierno de la Ciudad de México, y pronto, por sus programas sociales, la obra pública y su austeridad simbolizada en el tsuru blanco en que se movía, despuntó como principal adversario al foxismo y posible interruptor de la transición pactada en mil novecientos ochenta y ocho. El de apodo pejelagarto articuló discursos antineoliberales con tintes discursivos de Miguel Hidalgo, Benito Juárez y Francisco I. Madero. Su popularidad creció más de lo estimado y desde Los Pinos, Fox y sus aliados intentaron desaforarlo e impedirle fuera candidato a la grande. Elevaron su popularidad al cielo. Pusieron reversa al golpe de estado, Fox quedó en ridículo y expuesto como figura decorativa del viejo priísmo y de la mano dadora del Prozac y el toloache, su esposa y copilota, Marta Sahagún.

El resultado de la campaña presidencial del 2006 fue tan escandaloso como la de 1988. Se montó un operativo mediático con base en encuestas manipuladas para revertir los números positivos de AMLO mediante campañas sucias o negras, e imponer a Felipe Calderón en la presidencia con fraude mediático, manipulación del voto y complicidad de las autoridades del Instituto Federal Electoral (IFE), siglas que para los millones de inconformes con los resultados significaron: Instituto del Fraude Electoral. López Obrador, como acto de resistencia al atraco electoral propuso una acampada masiva que colmó Reforma y la plancha del Zócalo para exigir el recuento voto por voto, casilla por casilla. En defensa de los intereses oligárquicos, la hegemonía mediática atacó al plantón con todas sus espadas y micrófonos. Por otro lado, desde la cañería política judicial, Carlos Salinas de Gortari y Diego Fernández de Cevallos, lograron que el Tribunal Electoral, mediante una decisión legalista, le diera el triunfo a Felipe Calderón Hinojosa. Y como no tenía legitimidad el panista para mantener la gerencia general de la república, se aferró al hueso por las botas: sacó al Ejército a las calles e inició la etapa más sangrienta y dolorosa del México postrevolucionario. Impuso una descarnada guerra de baja intensidad que suma ríos y ríos de sangre. Le demo jaja cracia se volvió violenta.

A pesar del militarismo acechante y el shock desbordado, del 2007 al 2011 fueron los años dorados de la Resistencia Civil Pacifica encabezada por Andrés Manuel López Obrador. Las movilizaciones de las adelitas frenaron la Reforma Energética y se impidió que la entrega del petróleo la firmara el usurpador, Felipe Calderón Hinojosa. Ese fue un triunfo irrefutable de la movilización popular. Al ocaso de su sexenio el michoacano fue comparado con el chacal Victoriano Huerta por haberse prestado al asesinato de la democracia, por su política de guerra, la identificación extrema con las bebidas alcohólicas y la censura al periodismo libre. Y así llegó el 2012. AMLO enfrentó al candidato del PRI, Enrique Peña Nieto, responsable como gobernador del Estado de México del operativo policiaco que generó los hechos violentos en San Salvador Atenco en 2005: lleva en sus manos y privilegios la vida de dos hombres y once mujeres asaltadas sexualmente. En realidad, ese fue su pasaporte anticipado al recambio ejecutivo pactado. Demostró a quienes están encima del poder nacional, la máquina bélica de Washington, no le temblaría la mano para seguir con la política de muerte y destrucción que el capitalismo requería para profundizar el modelo neoliberal con la entrega del petróleo a extranjeros.

En la campaña del 2012 el guión de la demo jaja cracia varió. Mediante un efectivo plan de medios, Enrique Peña Nieto siempre estuvo arriba en las encuestas apuntalado por figuras del espectáculo y la empresa del tigrito Azcárraga. Millones de mexicanos bendecidos por el maquillaje ilusorio de Televisa, le exclamaban en campaña: “Enrique, bombón, te quiero en mi colchón”. Se construyó su candidatura como si fuera galán de la telenovela y su esposa, en la vida real, la actriz Angélica Rivera, la princesa del reality show. El clímax de la política ficción. En esa campaña ya existían las redes sociales pero el porcentaje de conexión a internet de los mexicanos era limitado. Con los mapaches de siempre, mediante un operativo de compra masiva del voto en zonas rurales se planchó, a contrapelo de la historia, el regreso del PRI a la presidencia. Hubo resistencias postelectorales que culminaron con un operativo policiaco violento el primero de diciembre del 2012. Peña Nieto para medio sostenerse en el poder, firmó con el PAN y el PRD el Pacto por México y mediante las llamadas reformas estructurales entregó, sin resistencia en la calle, el petróleo a extranjeros. Fue el copete de la corona del proyecto Norteamérica.

Entre las dos campañas presidenciales de Andrés Manuel López Obrador, se construyó una base electoral que le aportó al tabasqueño una masa de votos no común para una oferta de izquierda electoral en los estados del norte de México. Sin duda, la creciente votación en todos los estados de la república a favor de AMLO es congruente a la permanente actividad política del tabasqueño, y ante la debacle humanitaria, pobreza y violencia extrema de los sexenios del PRI y el PAN. Otro elemento clave para el basamento del triunfo fue la creación del partido MORENA. Al entrarle al juego de la política institucional de partidos y abandonar el movimiento de resistencia popular, Andrés Manuel López Obrador dejó las calles e inició el partido su entrada silenciosa a las cámaras y palacios de gobierno. Ese sacrificio político de AMLO de bajarle dos rayitas a la protesta, fue el salvoconducto para generar confianza en los sectores duros del empresariado mexicano que seguían viéndolo como el Hugo Chávez del trópico.

La lógica política indicaba que AMLO sería en el 2018 elegido por mayoría de votos presidente de México. Pero faltaba algo; que el sistema político lo reconociera. Recibir la cargada de los sectores empresariales, campesinos y obreros. La estrategia fue correrse al centro del espectro ideológico, entregar candidaturas a panistas y priístas para formar hegemonía socio partidista antes de las elecciones. En un juego paralelo, cedió extra poderes al millonario Alfonso Romo, descendiente lejano de Francisco I. Madero, para tejer acuerdos con la oligarquía mexicana, capitalistas extranjeros y poderes religiosos, sintiéndose protegidos con un proyecto postneoliberal como el de AMLO I. Madero dos mil dieciocho. Y así el tabasqueño, en su tercer intento, con la mano izquierda atada y treinta millones de votos a su favor en las urnas, obtuvo la presidencia de la república. Quizá a muy alto costo. Quizá no. Pero en lo inmediato surgió un problema teórico: ¿es o no el de AMLO un proyecto de izquierda? ¿O será una mascarada más de la demo jaja cracia mexicana?

La duda legítima es si la continuidad neo-neoliberal desatará una ofensiva por la conquista de los espacios y los recursos naturales hasta ahora no obtenidos, o respetará a los pueblos originarios en sus usos, costumbres y tradiciones. Las señales de alarma las encendió Alfonso Romo, antiguo promotor del foxista Plan Puebla-Panamá, días después de la elección al decir: los capitales son más importantes que los partidos. Por lo tanto, el capital es más importantes que las elecciones y el Presidente resultado de ellas. Y para los capitales modernizar significa destruir el flujo y los ciclos de la naturaleza, desplazar la fuerza humana de territorios codiciados para insertarlos en actividades productivas asalariadas. El proyecto enunciado por Alfonso Romo para el sureste mexicano implicará grandes obras de infraestructura o de comunicaciones. El capital transnacional y la oligarquía mexicana que jugó a favor de AMLO en las elecciones, tiene la potencia de presionar al nuevo gobierno para imponer o aumentar las zonas económicas especiales y tronar el sureste en aras del progreso y las distopías transgénicas que impulsa Romo. Esperemos y la demo jaja cracia mexicana no se decante por soluciones ficticias o diálogos sordos y por encima de las ilusiones de cambio, sigan tronando las risas grabadas de la magia del poder.

 

Sergio Humberto Brown Figueredo. Es Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Baja California. Fue video jockey del Colectivo Nortec y colaborador visual de Bostich + Fussible. Editor y director de documentales tradicionales y autobiográficos como Modernidad(contra)modernidad, Huracán76 y Saicología. Co-editor de la Editorial Piedra Cuervo y escritor de libros de ficción autobiográfica: Huracán, Diciembre y Saicología. Vive en Playas de Rosarito, Baja California, México.

Escrito por Redacción Linotipia

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