Foto por Ingrid Hernández

 

Entre otredad y fronteras: El contexto del arte en los años noventa en Tijuana.

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“Las exposiciones colectivas propuestas por artistas intergeneracionales e intrageneracionales que Rafa Saavedra describiría como la “New Freak Scene” determinaron variantes de la forma de auto gestionar la producción y el mercado del arte”.

Desde los movimientos de reivindicación campesina encabezados por inmigrantes principalmente mexicanos en Estados Unidos a mediados de los años sesenta, incluso, desde la delimitación de la frontera norte 1848 con el tratado de Guadalupe-Hidalgo. La historia de la relaciones entre ambos países “no han tenido una explicación única porque presentan un patrón de conflicto y negligencia que puede entenderse como un proceso de aprendizaje precipitado por las crisis recurrentes” (Fernández de Castro-Domínguez, 2001). Hay estudios antropológicos más precisos donde puntualizan un movimiento de identidad que representaba lo que no era estadounidense pero tampoco latinoamericano. Se debió edificar un aparato teórico y las redefiniciones de conceptos, hasta ese momento estáticos; “Estado”, “Nación”, “Identidad”, “Imaginario” y “Frontera” son abstracciones que sufrieron alteraciones perceptivas para explicar desde lo local, la geopolítica global que vivía el momento de más tensión: la Guerra Fría. Esto caracteriza a los años ochenta, donde la incertidumbre económica, las guerras internas en países donde ambos bloques se ven beneficiados, provoca la expulsión y migración poblacional más importante y que ocurre en todas direcciones.

Tijuana, por su situación geográfica accidentada permite el cruce ilegal, pero también la expansión de la economía y de los mercados que por consecuencia requieren una autenticación cultural, el arte se ve beneficiado pero también el mercado de las drogas y la trata de personas, por mencionar algunos. Todo esto construyó una carga simbólica que caracteriza el fenómeno artístico-visual de la frontera norte en la siguiente década.

Estas representaciones en expansión tendrían consecuencias para las futuras relaciones entre México y Estados Unidos, como lo afirma Tomás Manz y Saúl Escobar, precisamente es lo que nos ha puesto en un papel de víctimas, solventado principalmente por los gobiernos mexicanos que no han hecho las gestiones adecuadas para resolver los conflictos ocasionados ahora por fricciones añejas:

El deterioro del dinamismo económico estadounidense, el cambio de perspectiva del vecino del norte sobre su relación con México, una agenda binacional que pone como prioridad número uno la seguridad de sus fronteras, la criminalización de la migración y su persecución en todas manifestaciones, etc. son los síntomas de la degradación del vínculo con uno de los países más importantes del mundo. Y sin embargo, el proceso de integración de México al ciclo y modo estadounidense, que se fijó como política deseable y como objetivo nacional con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN)…(2010).

En México se observa el fenómeno partiendo del ensayo Frontera México-Estado Unidos: reflexiones para un marco teórico del investigador Jorge Bustamante (COLEF, 1989), que desde 1979 aborda la heterogeneidad del estudio de la frontera. En este estudio, los conceptos de Max Weber “interacción social” y “poder”, y lo definido por Mario Ojeda “asimetría de poder” y el que se propone como explicación a la frontera méxico-estados unidos; “otredad”, el analista migratorio advierte que la frontera norte se ha definido de una manera arbitraria por la complejidad geográfica de más de 3 mil kilómetros de longitud y la concentración de regionalidades que interactúan con la cultura fronteriza, a lo cual, yo agrego la existencia de otras globalidades que paulatinamente se establecen en ese espacio geocultural que Marshall McLuhan definió como “Aldea Global” para luego ser bautizada por Antonio Navalón en el 2004, en el caso de Tijuana como “La Tercera Nación” que Heriberto Yépez rechaza por atinar a un concepto “espurio” y “políticamente neoliberal”.

 

Foto: Alonso Carabeo

Retomando mi afirmación al presentar una analogía sobre la relación entre México y Estados Unidos a lo largo de la historia “pienso que somos vecinos que sonreímos cuando nos topamos afuera en gesto de saludo cordial, pero jamás, nos prestaríamos una taza de azúcar”.

Para comenzar hablando de la vida artística en la frontera tendría que hacerlo a raíz del festival “La Raza” (1984), que fijó en el imaginario fronterizo la idea que los conflictos podrían resolverse con el diálogo entre iguales. El Festival de la Raza sucede entre esa coyuntura, justo cuando la incipiente idea de realizar un tratado comercial entre América del Norte. A Estados Unidos le interesaba exportar una imagen cordial de auge económico que se vivía a través de su cine y de otras representaciones artísticas financiadas para contrarrestar una política interior xenófoba y racista. También tendría que explicar la disposición de negociar entre tres países vecinos que comparten un concepto de frontera en construcción, que ahora no vendría el caso exponer, sino, situar al arte en Baja California para sentar en ello la base de la diversidad y la capacidad de los artistas para abordar desde su postura de vida a la “Frontera”.

En 1992, InSite a cargo de su directora Carmen Cuenca, puso en marcha la profesionalización del arte hacia un mercado internacional que tomaba a Tijuana como punto de partida pero que excluía a los artistas de la ciudad en la conformación de una marca. Tijuana, con la condición neoliberal que esto significaba se valorizó como producto. Parafraseando a Naomi Klein (1998) y para constatar como sobreviviente de los noventa, que las empresas de éxito deben producir ante todo marcas y no productos. Después del primer InSite, esto cada vez fue más evidente y definió el camino que tomaría con el liderazgo de Cuenca y Teresita Vicencio a cargo del Centro Cultural Tijuana (CECUT) en el sexenio de Felipe Calderón; y reflexionando ya en el 2018 que el arte contemporáneo como en todo el mundo debía ser una marca. Esta visión que las instituciones como el CECUT tomó como política, afectó en la vida cultural y a sus artistas que venían trabajando en colectivo y sin fines de lucro. Fue un punto clave para la coyuntura que un grupo de artistas, influenciados pero conscientes de su entorno físico, rechazaron la tendencia y elucubraron otra en donde se aceptaban las características identitarias de Tijuana, multiplicando las definiciones al principio obvias, pero conforme iban avanzando los años noventas, conformaron complejidades atenuadas por el centralismo y los escasos espacios para vivir el arte.

 

Foto: Julio Álvarez

Las exposiciones colectivas propuestas por artistas intergeneracionales e intrageneracionales que Rafa Saavedra describiría como la “New Freak Scene” determinaron variantes de la forma de autogestionar la producción y el mercado del arte. Muestras como Axis Vs. Mundis en 1997 y Strange New World en 2006, propusieron una estética y una fórmula para iniciar el mercado cultural que sentó el precedente para la expansión de Tijuana como producto. Formando lazos internacionales que tuvieron consecuencias en la política cultural de los gobiernos panistas; y, al mismo tiempo, delimitando un concepto multidisciplinario e innovador que no existía en el resto de la república en ese momento histórico.

Es a finales de los años noventa que estos mismos artistas nacidos en la característica generación X, cuestionan por ejemplo; la celebración del 12 de octubre, una fecha que oprime a los nativos americanos y les resta identidad excluyéndolos de una historia hasta ese momento blanca. También se replantea la sumisión a Europa y lo que esto trajo para conformar lo que ahora se define como “mexicano” y por supuesto y sólo para contextualizar un poco el movimiento artístico de Tijuana al final de los noventa, artistas como Meli Barragán, Itzel Martínez del Cañizo o Tania Candiani abordan en su obra gráfica el feminismo y lo que evoluciona después como una postura política desde las disciplinas artísticas.

El arte en Tijuana tomó matices contestatarios que conforme fue pasando la década de los noventa y próximos al dos mil, se suaviza sin dejar de condenar los puntos convergentes: migración, feminicidios y narcotráfico, pero van incorporando en el discurso otros elementos que entreteje y modifica la visión que se tiene de estos problemas sociales y se comienza a relacionar comercialmente con la ciudad. El año dos mil llegó con un concepto que analizaré en la siguiente entrega: “Tijuana la Tercera Nación”.

 

 

Fuentes:

Bustamante, Jorge (1989) Frontera México-Estado Unidos: reflexiones para un marco teórico. México: COLEF recuperado de http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=31641102

Fernández de Castro, Rafael, Jorge Domínguez (2001) Estados Unidos y México entre la alianza y el conflicto. México: COLEF

Tomás Manz y Saúl Escobar (2010) Hacia una nueva relación entre México y estados Unidos; visiones progresistas. recuperado de http://library.fes.de/pdf-files/bueros/mexiko/08123.pdf

Klein, Naomi (2000) No logo: el poder de las marcas Trad. España:Paidós recuperdo de https://hemerotecaroja.files.wordpress.com/2013/07/klein-naomi-no-logo-el-poder-de-las-marcas-2000.pdf

 

Fotografías por orden de aparición:

Todos los derechos reservados

Ingrid Hernández 2011

Alfonso Carabeo 2004

Julio Álvarez 2018

Escrito por Julio Álvarez

Es Maestro en educación. Codirector para Nortestación Agencia de Letras A.C dedicada a promocionar, difundir y representar las literaturas locales, en el 2009 junto con Karla Martínez administran Nortestación Editorial. Es director de contenidos para Linotipia.org y docente en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales UABC

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