Por Miguel Corral
Fotografía: Rolando Schemidt
World Press Photo of the Year (2017)

Sentir la libertad

Por sobre todas las cosas y bajo cualquier circunstancia, hay que aceptar el hecho de que vivimos en un mundo material que construimos a partir de discursos y prácticas, que después colmamos de significados de tal manera que el mundo nos haga sentido. Es entonces que experimentamos el mundo y sus cosas en carne propia, y que traducimos dicha experiencia a partir de determinados ejes de interpretación cultural, dependiendo de la sociedad en la que vivimos. No está demás recordar que tal experiencia, además, se encuentra mediada dependiendo de nuestro color de piel, género, sexo, clase social, etcétera.

Podría decir, por ejemplo, que la realización de mi satisfacción matinal se materializa en el acto concreto de tomar el primer sorbo de café caliente por la mañana. Estoy seguro, por otro lado, que existen personas a las cuales tomar café por la mañana no les satisface en nada, o les implica un trámite de rutina, si acaso. Este tipo de diferencias entre las personas en relación a la práctica concreta “tomar café” se presentan en un sinnúmero de casos, y puedo arriesgarme a suponer que estas diferencias jamás causarán un conflicto elemental. Tal vez haya a quien le parezca ridículo que yo no pueda comenzar el día sin tomar una taza de café, pero creo que eso no supondrá una escalada de dimensiones bélicas (¡espero!). Para terminar, agregaría que soy consciente de que, en términos globales, no afectaría mi desarrollo ni tampoco mi bienestar humano y social si en algún punto de mi vida decido poner fin a la práctica “tomar café”. Pero existen en la vida social aspectos considerados fundamentales y que, a diferencia de la práctica ejemplificada anteriormente, su privación sí impacta en aspectos fundamentales de la vida humana y social. La libertad, por ejemplo.

 

null

Foto: Rolando Schemidt

 

Somos libres, se nos dice. La lógica que se sigue para plantear esta premisa es que no estamos encarcelados, no hemos sido secuestrados o que no somos víctimas de trata humana y explotación humana. Pero creo firmemente que la libertad no se remite solamente a la oposición encierro-libertad; esclavitud-libertad. Me coloco en la tensión entre seguridad/violencia y me pregunto: ¿una joven de Ecatepec de Morelos que camina en la noche de regreso a casa desde su trabajo puede ser considerada como una persona libre?, ¿y un niño de seis años en Tijuana es libre al quedar en medio de un tiroteo entre narcotraficantes y militares?, ¿son libres las madres que buscan a sus hijos desaparecidos en fosas de Tamaulipas?, ¿es libre una familia que vive en Poza Rica y que tiene una casa verdaderamente bella, pero que necesita proteger con rejas, sistemas de video-vigilancia y una cerca electrificada para sentirse segura?, por último, ¿era libre aquella amiga mía cuando el ejército, sin orden de aprensión, derribó la puerta de su casa, aterrorizó a sus tres hijas, se llevó su dinero y bienes materiales, destrozó todo mientras buscaban –aún no se sabe qué–, y que frente a la situación decidió finalmente mudarse a los Estados Unidos?

¿Cómo se materializa nuestra libertad? Pienso que en general, pero específicamente refiriéndome a nuestro país, que bajo las condiciones actuales en las que vivimos las y los ciudadanos, la libertad no es un estado natural que se nos da de antemano ni tampoco uno al cual se llega después de cierto trámite o recorrido.

Inclusive cuando puedo reconocer que la libertad es un derecho inalienable y universal, que se concede desde el momento mismo del nacimiento a cada persona, por el simple hecho de serlo, y está salvaguardado en la ley; asimismo reconozco, en primer lugar, que la libertad no es un estado natural porque los derechos son el resultado de la confección humana –no producto de la naturaleza–, y surgen en momentos históricos determinados. Por otro lado, la libertad no emerge de antemano sino que es un ejercicio procesual y se constata en cada una de las prácticas con las que organizamos nuestra vida. En este sentido, la existencia de tratados y leyes se antoja insuficiente cuando no existen las condiciones materiales para garantizar la realización de la libertad, para sentirnos libres. Pero tampoco es un estado al cual se llega después de cierto recorrido: un ciudadano en pleno ejercicio de sus derechos sociales y políticos, no se supone que deba de completar determinadas tareas o pagar ciertas cuotas, para después ser declarado libre.

Enfatizo. Pretender que vivimos plenamente en libertad cuando no existe una transformación verdadera en las condiciones materiales que la sustenten es una ficción que se sostiene desde el peso del miedo, la precarización y la amenaza constante. Seguramente habrán sociedades en las que las personas se sienten, en su vida cotidiana, más libres que en otras. Tal vez en Finlandia las personas se consideran libres de hablar y de actuar al hacer su vida cotidiana, en medida de llevar a cabo las cosas básicas que constituyen su rutina (ir al trabajo o a la escuela, ir a bailar, salir en la noche a dar una caminata en el parque, etc.) no pone en riesgo su vida, su integridad o su estabilidad. Por supuesto, no es una cuestión de suerte o de destino, sino que las condiciones están dadas para ello.

Pero a la gran mayoría de la población mexicana nos queda sentir la libertad episódicamente, en momentos y espacios específicos. Le arrancamos cachitos de libertad al sistema cuando se puede porque de cierta forma hemos sido codificados -más a la fuerza y por resignación que por voluntad- para ceder una parte de nuestra libertad y así alcanzar un poco más de seguridad.

¿Me siento libre? Contundentemente, gozo de mayor libertad que una persona en situación de desaparición forzada. Podría decir también que bajo las condiciones materiales actuales y hablando en términos de seguridad, soy más libre, por ejemplo, que una mujer joven que vive en situación de pobreza en tanto que su grado de vulnerabilidad es mayor que el mío. Pero desde mi punto de vista, que yo me sienta más libre en relación a otrxs, no soluciona el problema; me parece que esa es la lógica neoliberal que nos invita a comprar libertad para el consumo personal. No creo que sea una cuestión que compete exclusivamente y que se resuelve en el ámbito de lo individual, sino que tendríamos que estar pensándola desde una mirada colectiva: ¿cuáles son las condiciones mínimas que nos permitirán sentirnos libres y cómo podemos construirlas?

 

 

Miguel Corral es marica, militante por los derechos de la diversidad sexual y el VIH, maestro en Estudios Culturales por El Colef. Actualmente estudia el Doctorado en Estudios Latinoamericanos de la UNAM y forma parte del Seminario de Investigación Avanzados en Estudios del Cuerpo. Además, Es co-presidente del Comité Binacional de VIH/sida e ITS San Diego-Tijuana.

Contacto
e-mail: miguel.corral@comunidad.unammx.
Twitter: @elmaikco.

Escrito por Redacción Linotipia

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s