Por Kathya Núñez Martínez

 

Anarcotijuas: las comunidades utópicas de Tijuana

Tijuana es una ciudad de raíces anarquistas. Fundada en 1889, parte de su historia comienza con la toma de Baja California por los hermanos Flores Magón en 1911, cuando éstos planeaban desde Los Ángeles, California, la revolución socialista: cruzaron la frontera con la idea de erigir un estado anarquista (Ramírez, 2011, p. 88), oponiéndose a la dictadura porfirista en un contexto de intereses bélicos durante la Primera Guerra Mundial (Márquez, 2018).

Los magonistas, con su lema “Tierra y libertad”, buscaban restablecer los lazos comunales que la Revolución Industrial y el proyecto capitalista se habían encargado de deshacer gradualmente, ya que las antiguas costumbres colectivas, siendo excesivamente autónomas, eran demasiado resistentes a la manipulación y al cambio. Dichas formas de interacción no eran útiles para el propósito de la lógica fabril (Bauman, 2003, pp.20-21). No obstante, perseguidos por la policía y los agentes de Porfirio Díaz, los magonistas se vieron obligados a abortar su misión, debido a la captura de sus principales aliados en ambos lados de la frontera (Ramírez, 2011, p. 94).

Años más adelante, las ideas anarquistas tomaron forma de melodías ruidosas, letras de resistencia, mohicanos, botas de casquillo… Se trataba del movimiento punk que llegó a Tijuana en la década de los 80 proveniente de Inglaterra, gracias a uno de los principales medios de comunicación en ese entonces: las cartas y el correo.

El intercambio de discos y fanzines a través de la frontera fue posible gracias a la curiosidad de los integrantes de “Solucion Mortal”, una de las primeras bandas de punk en México, integrada por Alan Lezama (guitarrista), Jorge Lezama (vocalista), Luis Villaruel (bajo) y Raúl Ochoa (guitarra). La banda tenía contactos fuera y dentro del país, con ideales y proyectos en común. Así, lograron traer a algunos propulsores del punk como Dead Kennedys,  Bad Religion, Social Distortion, Black Flag y Adolescents, entre otros.

Actualmente, existen algunos proyectos como “Tijuana Comida, No bombas” y “Tierra y libertad” que siguen y continúan con el trabajo y los ideales de los movimientos antes mencionados. El primero de ellos, “Comida, No bombas”, es un movimiento a nivel mundial que inició en Cambridge, Massachusetts, hace 38 años. En Tijuana tiene 7 años y actualmente se encuentra en “Enclave Caracol”, frente al Museo de Cera de la Zona Centro. Siendo una zona vecina a la línea fronteriza, por ese corredor transitan diariamente turistas, migrantes y personas sin hogar. Este proyecto social atiende una problemática de hambre, y consiste en recuperar la comida desechada por los mercados, pero que se encuentra en buenas condiciones. Se prepara comida vegetariana para repartir a cualquier persona que la necesite. De lunes a jueves se alimentan alrededor de 80 a 120 personas. Además, el local es una cocina vegana económica e infoshop, y en él también se realizan talleres relacionados con la autosustentabilidad, reutilización, actividades artísticas y culturales; todo ello gratuito, en apoyo a la comunidad.

 

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El segundo proyecto, “Tierra y Libertad”, tiene sus inicios en 2016 “cuando se formó un grupo de escritores y artistas para conmemorar la insurgencia anarquista en la frontera izando banderas rojas de “Tierra y libertad”’ (González, 2018). La rememoración se llevó a cabo durante dos meses en los que se realizaron una serie de actividades como recorridos por lugares clave de la insurrección, convocatorias para repartir cobijas, comida y llamados a sembrar en terrenos baldíos. El cierre consistió en una fiesta punk donde hubo música y estruendosas lecturas magonistas (González, 2018). Actualmente, este movimiento ha sumado alrededor de 200 participantes, incluyendo personas de ambos lados de la frontera (Márquez, 2018), que el 27 de enero del presente año se reunieron en las ciudades de Calexico, CA., y Mexicali para realizar una serie de intervenciones artísticas (Márquez, 2018).

Estos espacios son una muestra de que los ideales, también llamados utopías, se mantienen vivos a través del tiempo, construyendo la realidad. De acuerdo con las investigadoras María Elena Figueroa y Liliana López en su trabajo “Imaginarios y utopías: un punto de encuentro”, las utopías son:

(…) representaciones simbólicas de los imaginarios que dan cuenta de la sociedad en la que fueron producidas, a pesar de su asumida inexistencia. Es decir, las utopías también reflejan los valores, los intereses, las jerarquías, las costumbres y todo aquello que suele quedar englobado en los imaginarios. (…) Los imaginarios reflejan lo que es y lo posible. En las utopías se conjugan esperanzas, críticas al presente, ideales, sueños; por descabelladas que nos puedan parecer, siempre aparecen dentro del espacio de los posibles. (Figueroa y López, 2014)

En el mismo documento se menciona que durante el siglo XIX y a principios del siglo XX, los utopistas, con la convicción de poner en práctica sus ideas, crearon “comunidades alternativas utópicas” conformadas por personas con deseos de vivir al margen del capitalismo, el consumo, la frivolidad y cerca de la naturaleza (Figueroa y López, 2014, p. 138): un aspecto que coincide con las ideas de los magonistas al tomar Baja California en 1911, más adelante con la llegada del movimiento punk en la década de los 80, y vigentemente con proyectos como “Tierra y Libertad” y “Tijuana Comida, No bombas”.

En un lugar como la frontera, de constante movimiento y flujo, un espacio inestable, pasajero, de incertidumbre, las personas buscan un lugar seguro al cual pertenecer. Como mencionaba Zygmunt Bauman en su trabajo “Comunidad, en busca de seguridad en un mundo hostil” (2003), las personas buscan comunidad: ese lugar de compromisos a largo plazo, de derechos inalienables y obligaciones irrenunciables (Bauman, 2003, p.67), de compartir afectuosamente, afianzando “el derecho de todos sus miembros a un seguro comunitario frente a los errores y desgracias que son los riesgos inseparables de la vida individual” (Bauman, 2003, p. 67).

Proyectos como “Tijuana Comida, No bombas” y “Tierra y Libertad”, son esfuerzos de esas “comunidades alternativas utópicas”: espacios de libertad por unos momentos, para emplear la creatividad y compartir, en un mundo en el que no encajan dichas cualidades. Espacios de resistencia, mitigadores de la frialdad e individualidad características del sistema capitalista.

 

Bibliografía

Bauman, Z. (2003). Comunidad: En busca de seguridad en un mundo hostil. España: Siglo XXl.

Figueroa, M. y López, L. (2014). Imaginarios y utopías: un punto de encuentro. Política y cultura, (41), pp. 169-190.

González, A. (2017). El mapa o el territorio: Notas sobre la disputa del espacio histórico en Tijuana. Parte l: “Tierra y Libertad”. Revista Espiral Tijuana, (63), pp.7-10.

Márquez, K. (2018). Vamos hacia la Vida: en busca de tierra y libertad. Agosto 8, 2018, de 4 vientos Sitio web: http://www.4vientos.net/2018/02/04/vamos-hacia-la-vida-en-busca-de-tierra-y-libertad/

Núñez, K. (S.f.). Ser punk es tener una Solución Mortal. Agosto 8, 2018, de ERIZO Sitio web: http://erizo.org/ser-punk-es-tener-una-solucion-mortal/

Ramírez, A. (2011). Chicanos, frontera y revolución. Nóesis, 20(39), pp. 88-101

 

 

 

Kathya Núñez Martínez es recién egresada de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Durante dos años fue asistente de investigación en el Departamento de Estudios Culturales por El Colegio de la Frontera Norte y ha colaborado durante 3 años como reportera y periodista musical en la revista electrónica Erizo.

Contacto:
kathya.fotografia@gmail.com

Escrito por Redacción Linotipia

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