Por Miguel Ángel Salamanca Zamora

Cuando el silencio muera

 

A lo largo del camino aparecen pintas y símbolos de anarquía, el rector de la UNAM hecho en papel maché con cara de susto y hasta el presidente hecho caricatura. Los alumnos de CCH parecen los portadores del máximo espíritu protestante, se hacen escuchar entre cantos y tamborazos que se enriquecen con las trompetas y trombones.

-¿Entonces sí vamos a ir a la marcha?

-Supe que habría una marcha, no que iríamos a la marcha.

-¡Ándale!

-Ok, ¿Dónde te veo?

-Hmmmm, te veo en Metro Balderas a las 15:30.

-Igual y salgo mucho antes del Servicio Social, ¿no prefieres que te vea en el museo?

-Te veo en Balderas a las 15:30 y ya.

-Uy… No pues, ya que andas amable.

Salgo corriendo del Servicio procurando llegar puntual a la cita en la limusina naranja y colectiva del citadino; miro al reloj, aún faltan poco más de 30 minutos para el encuentro, una especie de presentimiento fundado en experiencias previas me hace pensar que sería mejor ir hasta el Museo de las Culturas Del mundo de la CDMX, pero quizá subestimo a la suerte.

Trenes van y vienen, algunos hacia la Universidad y los otros a Indios Verdes; oleadas de gente que colisionan entre sí, como tratando de retar a la ciencia que mediante cálculos pudiese tratar de determinar cuántos humanos pueden transitar por los pasillos del Metro. 15:40 horas, la flaca no llega y la tripa me ruge.

Pasan otros dos trenes y entre la estampida de gente que sale del vagón, la veo, jadeando como consecuencia al esfuerzo por conseguir aire fresco dentro del convoy.

-¡Ya llegué! Disculpa la demora, el Metro viene lento y hay mucha gente.

-No te preocupes, flaca. ¿Cómo te fue? ¿si quieres ir a la marcha?

-¡Sí!, yo creo que los encontramos por el Ángel de la Independencia.

Nos dirigimos a Metro Insurgentes y salimos hacia la calle de Génova, siguiendo a un pequeño grupo de jóvenes que con mantas en mano se dirigían al encuentro con un enorme monstruo, una bestia colosal, aunque pacífica; con millones de rostros en su cuerpo de serpiente que se desplaza en relativo silencio, con miradas y voces exigiendo calmar su hambre de justicia.

El cielo luce amenazante, como si Tláloc buscase intimidar a la masa que se mueve rumbo al Zócalo capitalino.

-Flaca, ya tengo un buen de hambre y necesito conseguir una bolsa de plástico, no quiero que se me moje la cámara.

-Ya no tardan en llegar, yo quiero conseguir algo para beber. ¿Te parece si después de la marcha nos vamos a comer?

-‘Ta bueno… vamos a buscar una tienda o algo así.

Tras cruzar las puertas de un minisúper con dos juguitos y una bolsa de palomitas acarameladas, nos acercamos a Paseo de la Reforma; a poco menos de un kilómetro se divisa la multitud marchante. Al frente del colectivo, una enorme manta que dice “¡AZCAPO NO SE RINDE!”. Detrás de ellos, un camión blanco adornado con banderas rojas que se mueven cual si fuesen sus alas.

Comenzamos a caminar en contrasentido a la marcha, queremos ver cuánta gente conforma al colectivo que avanza por una de las avenidas más emblemáticas de la capital. Los jóvenes que fusionados formaron esa colosal bestia de 300,000 almas se visten en colores azul y oro; vino y blanco, así como otros alusivos a grandes casas de estudio que forjan a los estudiantes.

Uno, dos, tres, cuatro… cuarenta y tres. ¡JUSTICIA!

¡NO SOMOS PORROS, SOMOS ESTUDIANTES!

¡FUERA PORROS DE LA UNAM!

¡EL QUE NO BRINQUE ES PORRO, EL QUE NO BRINQUE ES PORRO!

Los cantos suenan al unísono, fuerte y constante; el silencio a ratos se presenta para dejar audibles los pasos de muchos que avanzan como uno solo; la llovizna parece hacer sus propias exigencias con su propio canto en las sombrillas e impermeables.

A lo largo del camino aparecen pintas y símbolos de anarquía, el rector de la UNAM hecho en papel maché con cara de susto y hasta el presidente hecho caricatura. Los alumnos de CCH parecen los portadores del máximo espíritu protestante, se hacen escuchar entre cantos y tamborazos que se enriquecen con las trompetas y trombones.

Algunos cubren sus bocas con cinta adhesiva, masking tape o cinta micropore con mensajes de protesta. Anonymus aparece entre los encapuchados y aquellos que colocaron mascadas y paliacates en sus rostros. Entre la multitud sobresalen los que caminan en zancos; las leyendas sobrevivientes del ’68 siguen en la marcha, adornados con la plata del tiempo en sus cabellos.

Estamos próximos a llegar al Palacio de Bellas Artes, tanto hemos sentido, que el sentido de tener hambre se perdió en euforia al ver la solidaridad. La lucha que padres de familia, alumnos y maestros que prevalecen. Llegando a la calle 5 de Mayo nos detenemos un momento, se agachan todos y al recibir la señal corren hacia la Plaza de la Constitución como si de una ofensiva militar se tratara.

Se aglutinan todos. La bestia colosal de trescientas mil voces ha llegado a su destino final; se pronuncian las palabras esperadas, las voces que se oponen al silencio de la impunidad. Acto seguido, el monstruo ruge con sus alientos de grandeza. El silencio muere, y las mil voces entonan sus cantos triunfales:

¡HUÉLUM, HUÉLUM, GLORIA A LA CACHI CACHI PORRA, A LA CACHI CACHI PORRA; PIM POM PORRA, PIM POM PORRA; POLITÉCNICO, POLITÉCNICO GLORIA!

MÉXICO, PUMAS, UNIVERSIDAD; ¡GOYA, GOYA!, ¡CACHÚN, CACHÚN RA RA! ¡CACHÚN CACHÚN RA RA! ¡GOYA! ¡UNIVERSIDAD!

MarchaSilencio18_010.JPG

 

 

Proveniente de la tierra del coyote hambriento (Nezahualcóyotl, Edo. mex) Miguel Ángel Salamanca Zamora es egresado de la Facultad de Estudios Superiores, UNAM, de la licenciatura en Comunicación y Periodismo. Ha colaborado en varios medios digitales y se dedica de lleno a la fotografía. Chilango, tepiteño y metalero. El barrio y las calles de la capital: su hábitat natural.

Escrito por Redacción Linotipia

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