Foto por Tim Mossholder

Por Arantxa J. Ochoa

Las hijas de Malintzin

 

La literatura chicana busca dar un giro a la idea de la identidad mexicana y lo que representa serlo en frontera. Reafirmar sus raíces ante el estigma negativo que se le tiene en ambos lados y luchar para que se le tome en cuenta frente a las literaturas oficiales son algunas de las tareas intelectuales que han tenido. Mientras que la lucha pretende en primera instancia denunciar los actos de racismo y odio ante la comunidad mexicoamericana, no es la misma cuando nos vamos a nivel del género.
La chicana crea formas de conocimiento al reapropiarse de estructuras y discursos emitidos desde una visión masculina. Carga con estos discursos que la someten a la estructura hegemónica, pero trasciende las variables a las que se encuentra sujeto. De igual manera, la redefinición del sujeto empieza con la “reevaluación de las raíces corporales de la subjetividad” al rechazar la “visión tradicional del sujeto cognoscente en cuanto a universal, neutro y consecuentemente desprovisto de género” (Braidotti, p.40) Desde el cuerpo de la chicana se busca hacer una propia subjetividad.

La subjetividad y la experiencia son elementos que constituyen a la nueva consciencia chicana, que igualmente se abre a las distintas experiencias de otras feministas de color. Su escritura contiene en cuanto a fondo y forma un posicionamiento ante los discursos que priorizan obras cuyas innovaciones y rasgos siempre caen dentro de lo normativo. En la literatura, la experiencia es recurrente, al presentarnos una denuncia política y social en los escenarios cotidianos. Gloria Anzaldúa escribe sobre la experiencia lésbica en una familia con costumbres mexicanas. Sandra Cisneros nos relata en pequeñas viñetas la cotidianidad de Esperanza Cordero, una niña mexicoamericana que cuenta su dinámica familiar y lo que sucede en su vecindario multicultural. Cherríe Moraga reclama el moreno de su madre y habla por las que se encuentran en posiciones menos privilegiadas que ella. Ana Castillo, al observar mientras la dinámica de pareja que llevan sus padres, declara que nunca se casará con un hombre mexicano.

Al haber una ruptura con el pensamiento heterosexual y un rechazo a los roles tradicionales asignados a la mujer mexicana, se es consciente de la experiencia de la madre, la heterosexualidad impuesta y sexualidad constreñida. Lo anterior se le ha heredado a la hija, pero percibimos un corte: “no tenemos manera alguna de salir excepto construyéndonos, esto es, hacia adelante” (Braidotti, p.65) Se comienza una reconstrucción, un despertar que busca reparar los daños que ha sufrido la yo poética, la violencia externa e interna con la que ha vivido, y la figura materna cobra importancia.
La poeta Ana Castillo en su poema “I am the daughter/mother who has learned”, presenta una yo poética que es simultáneamente madre e hija. Ha reaprendido las lecciones que su madre le ha dado, ha aprendido a sanarse y a amarse. Las enseñanzas que ha recibido por parte de su madre son dañinas al cargar los discursos machistas y racistas a las que ha estado sometida. La voz poética carga con el sufrimiento de su madre más el propio, pero existe una liberación a partir de la sanación:

I am the daughter/mother
who has learned
devotion,
tenderness,
to mend
the irreparable
and to cultivate.

A pesar de que los cuerpos no pueden completamente desaprender y aprender los discursos porque siempre se encuentran sujetados a estos, en el poema se logra ver un desprendimiento. Una de las estrofas esenciales para el poema ilustra el concepto del devenir nómade:

I am the daughter/mother who
cuts the umbilical cord
of the umbilical cords
to set us both free.

La imagen del corte está presente al igual que en el poema anterior, sin embargo plantea ya una libertad y consciencia absoluta para continuar con la búsqueda de la identidad que está en constante cambio, constante evolución y multiplicidad. La fragmentación queda clara en la imagen del corte del cordón umbilical.

El poema finaliza declarando que cesarán las acusaciones de saber o no, las lecciones como la hija/madre/amante también. Quizá un planteamiento utópico, pero indica un nuevo camino donde el desprendimiento de las etiquetas anteriores dejarían a la sujeto solamente como mujer. Continúa, “If there be / no love even then, / at least / we shall have peace.”, aunque melancólico, al final se aspira por la paz que no se ha tenido con anterioridad, una paz que renueva y permite la reinvención de discursos e identidades.

Otros discursos que reescriben son los mitos. Las figuras míticas se retoman y reescriben desde una perspectiva femenina. Aparte de que son figuras que se remontan a los orígenes mexicanos o mexicas, también han sido marginalizadas dentro de su contexto. Mientras que comúnmente conocemos a la Malinche como la traidora, madre de los mestizos, el símbolo de la conquista española, estas escritoras intentan regresar a Malintzin su historicidad y reconocen su experiencia como mujer utilizada como mercancía e instrumento de conquista.

La Llorona es también un personaje del folclor mexicano que se ha retomado. Ésta deambula en llanto después de perder a sus hijos, pero también ha sido traicionada y abandonada. En “My Black Angelos” de Anzaldúa, se describe un encuentro con la Llorona. Ésta recoge a la voz poética, que al igual que ella se encuentra sucia y desolada, la limpia, la cura. Se convierten en una misma “aiiii aiiii aiiii/ she crawls into my spine/ her eyes opening and closing./ shining under my skin in the dark/ whirling my bones twirling/ till they’re hollow reeds”; ambas vagan por la noche en soledad, entre la vida y la muerte: “una mujer vaga en la noche/ anda errante con las almas de los muertos./ We sweep through the streets,/ con el viento corremos/ we roam with the souls of the dead.”
Permite observar el desarrollo de la consciencia chicana: desde su despertar en el entorno familiar donde se observan las relaciones jerárquicas dentro del hogar, su lento y doloroso desprendimiento que comienza en la negación y rechazo violento ante la imposición, hasta una consciencia que tiene presente la dificultad de una ruptura, aún reescribiendo las veces que sea necesaria la identidad que asume.

La identidad chicana es una posición política que denuncia el discurso hegemónico capitalista patriarcal. Frente a dos naciones extrañas, pero de ideologías similares, la mujer mexicana y mexicoamericana se encuentra bajo esas estructuras violentas. Las chicanas rechazan la normatividad opresora de la cultura anglosajona, al igual que el machismo y clasismo de la mexicana.

Las expresiones literarias se prestan para crear desde la experiencia, cobrando importancia para el feminismo, donde la subjetividad es utilizada para reconocer a los sujetos ubicados dentro de las estructuras hegemónicas. Las figuras recurrentes de personajes o mitos mexicanos femeninos se reescriben desde una visión que descentraliza al discurso masculino, comenzando así con la reescritura de los símbolos e imágenes que las rodean. Igualmente, la figura y papel de la madre es recurrente que se asuma, por este auto cuidado y método de enseñanza propia con las que se topa al romper con esto.

 

Referencias
Alarcón, Norma (1988) “La literatura feminista de la chicana: Una revisión a través de Malintzino Malintzin: devolver la carne al objeto” en Esta puente mi espalda, Cherrie Moraga y Ana Castillo (ed.) San Francisco, ISM Press

Braidotti, Rosi (2004) Feminismo, diferencia sexual y subjetividad nómade, Barcelona, Gedisa.

Castillo, Ana (1995) My father was a Toltec and selected poems 1973-1988, Nueva York, Norton.

 

Contacto:
arantxa.ochoa@uabc.edu.mx
Instagram @leauxin

Escrito por Redacción Linotipia

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