Por Mauricio Valencia (seud.)

Me dormí borracho y desperté siendo viejo…

Siendo objetivo, no tengo de qué quejarme. No debo dinero, no tengo problemas que los demás no tengan; el gasto diario, las tareas, los deberes. Cosas con las que se lidia. Fue una avalancha de temores pensar que debía cumplir con todas; me dio mucho miedo… Quisiera recordar qué fue lo que ocasionó mi miedo para poder saber el origen de esta depresión, pero haciendo memoria, la depresión la conozco desde niño, aunque no sabía que así se llamaba. Creo que así nací. Decir que vivía con depresión a los siete años, para los adultos, es motivo de chiste. Afirman que un niño no puede estar deprimido, no hay motivo para estarlo, pero no necesito un motivo para estar así.

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En la escuela, la calle, la gente en general habla de la adolescencia como una etapa difícil. Yo era un niño con adolescencia prematura. Pensé que se me quitaría después de cumplir los dieciocho años y luego, la felicidad llegaría. No fue así, no es una etapa. El malestar no pasa, al contrario, va cansando el alma.

Los días que se disfrutan son menos y las preguntas, ¿cuándo carajo empiezo a reír como los demás? ¿no se darán cuenta que pienso en suicidarme? Las voces, las preguntas cobraban fuerza y había que callarlas. Busqué compañía que me entendiera; unos tragos de alcohol y cuando se podía, una dosis de lo que fuera y la fuga. Me gustaba estar así. Encontré personas que hablaban mi idioma, La fórmula mágica para callar esas vocecitas. Esto, como es de esperarse, pasó factura. Pronto, en el hospital psiquiátrico por intentos de suicidio.

Después de estar limpio, volvieron esos sentimientos que en un principio me hicieron beber. La depresión no se cura. No es una etapa. Los que no la padecen entenderán poco. Para ellos, esto es un problema que se resuelve con fuerza de voluntad, y aquel que se deje abrazar por estas emociones negativas, no es más que un cobarde que no aprecia la vida. Quizá, pero de algo estoy seguro, nunca quise ser una carga para nadie. Así que he aprendido a vivir con esto. Sigo en proceso de mejora. He entendido que ninguna sustancia, por bien que me haga sentir, mejorará mi condición mental. Por esto fue necesario hablarlo, y cuando lo hice aquel sentimiento de soledad se desvaneció. Solo así vi que no soy el único y pude aprender de las debilidades que no sabía que tenía. La soberbia disfrazada de inteligencia no me dejaba ver la egolatría donde me sumergía.

En aquel momento de lucidez, dejé de pelear con toda religión, comprendí que, para buscar la mejoría espiritual, hay muchos caminos. Mantengo la mente abierta y receptiva porque nunca se sabe de dónde viene la inspiración. No es sencillo hacer mi rutina diaria, pero he tenido que confiar, tampoco hay víctimas, yo no soy una. Al contrario, sabiendo esto, soy responsable de mí y lo que me pasa. Ahora soy un viejo prematuro de más de veinte años. No quiero recuperar el tiempo perdido, busco mejorar mis próximos días esperando que pueda disfrutarlos.

Con todo, con razón o sin ella, estoy aquí, en este juego tan complejo que llaman vida y yo, quiero estar en paz.

Escrito por Redacción Linotipia

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