Moscas Verdes

por Andy Ávalos Morales

 

Enterré al perro ayer. Un perro mestizo, sarnoso cuando lo adopté de la calle. Es la única mascota que he tenido. Metí su cuerpo rígido en una bolsa negra, cavé un agujero en el jardín y lo embutí ahí con todo y moscas. Tenía catorce años y murió al pie de las escaleras; tuve que desinfectar con especial cuidado esa área en particular. Después rocié la casa entera con un ambientador hipoalergénico.

Ahora estoy cortando el filete de salmón de quinientos pesos que compré en una tienda gourmet. Por la ventana de la cocina puedo visualizar el lugar exacto donde sepulté al perro; la pala está hundida justo encima de ese bulto, de esa protuberancia en la tierra caliente que nada tiene que ver con helechos ni buganvilias. El cuchillo vuelve a bajar, tembloroso, y por poco me rebano un dedo. Sin perder más el tiempo, busco la albahaca, el perejil, el tomillo, el ajo y el limón. En el proceso, derramo el jugo del limón, y le paso un trapo por encima con una torpeza que me sabe absurda.

Una vez marinado el salmón, procedo a meterlo en el horno ya precalentado a doscientos veinte grados. Como acompañamiento hay espárragos salteados, quínoa y una copa de vino tinto. Mis tripas han comenzado a responder al llamado del hambre y decido distraerme preparando la mesa. La mesa está limpia, pero decido que no lo suficiente, así que lleno la superficie con un aerosol que es especial para limpiar madera. Después coloco un mantel individual frente a una de las sillas de la cabecera. Tamborileo los dedos en una de las esquinas y decido cambiar el mantel de posición. Lo cambio de posición tres veces más y termina de nuevo en la cabecera.

Cuando el salmón está listo, casi me siento aliviado. Lo coloco en un plato de cerámica con su debida porción de quínoa y espárragos y me siento en la mesa con mi plato, mi copa de vino y mis cubiertos. El tenedor en la mano derecha y el cuchillo en la izquierda. Y el plato de comida delante de mí, desprendiendo aromas que me hacen pensar en esos huevecillos de mosca desarrollándose en las vísceras del perro. En los tejidos putrefactos y la pestilencia de esa carne muerta. Siento la espalda helada y pegajosa. Los hombros tensos. La cabeza como un ladrillo. Apenas soy capaz de seguir sosteniendo el cuchillo y el tenedor entre los dedos nerviosos. Siento que la ansiedad me partirá los huesos.

Trago duro y tuerzo el cuello como si fuese un engranaje oxidado. Lo tuerzo hacia la cocina. Hacia la ventana. Hacia el jardín. Hacia la tumba del perro. Y por primera vez me atrevo a ser consciente del hueco inmenso en mi estómago y de mi boca atiborrada de saliva.

Cuando vuelvo a observar mi plato con ese menudo pedazo de salmón y esas tiras verdes tan pretenciosas, me siento furioso. Mi primer acto de rebeldía es hacer estallar la copa de vino contra la pared más cercana. Después comienzo a pisotear la cerámica, el pescado, los espárragos y la quínoa hasta reducirlos a una pasta que me recuerda al estiércol.

Corro hasta el jardín con esa desesperación que solo puede ser producto del hambre, tomo la pala y empiezo a desenterrar al perro. Mis manos se convulsionan, ávidas, mientras la bolsa negra empieza a sobresalir poco a poco de entre la tierra hasta que está aquí, expuesta ante mí, haciéndose paso entre mis pies y los gusanos. Caigo de rodillas sobre el suelo, de un solo golpe, derrotado, y empiezo a desgarrar el plástico de la bolsa con una violencia salvaje. El tufo a podredumbre me hace lagrimear. Tanteo el pelaje del perro, y después comienzo a estrujar y a escarbar con necesidad. Quiero desgarrarlo todo, pero mis dedos y mis uñas son inútiles. Impotente, me apoyo del pico de la pala y empiezo a clavar y a clavar hasta que por fin puedo echarme contra la tierra de nuevo para tomar puñados de esa carne descuartizada y llenarme la boca de carroña.

Escrito por Redacción Linotipia

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