Por Farina Rodríguez

El fenómeno Roma: una serie de reflexiones

 

Permítasenos retomar el foco del cotilleo popular que embriaga la lengua del mexicano actual, hablemos de Roma (2018), de Alfonso Cuarón, de Yalitza Aparicio y del discurso subversivo que ha desencadenado la promoción –y explotación− del fenómeno fílmico que se ha gestado en los últimos meses. Habremos de reconocer que nos hallamos ante un hito tanto para la trayectoria cinematográfica como para los ámbitos social y político de la historia mexicana. Como producto del acoso mediático bajo el que se le ha sometido, la película más reciente de Cuarón ha generado una cantidad apabullante de opiniones y reseñas de manera inmediata, casi involuntaria. Difícilmente encontraremos argumentos innovadores que consuelen las incomodidades que el fenómeno Roma nos ha forzado a reconocer, por lo que nuestra participación ante el discurso sugerido por el contenido mismo es un acto que, además de relevante, resulta necesario para tratar temas sociales que demandan transformaciones profundas.

Creo que es preciso definir que la reciente apatía en torno a Roma es el resultado de un problema de concepción básica. Lo siguiente puede considerarse como una máxima, pero pienso que tomarlo como una mera reflexión es una actitud mucho más benigna: el cine, como toda manifestación de arte, no mantiene −y mucho menos nutre− una deuda con el espectador. La literatura es intrínsecamente universal, su más grande hazaña radica en la posibilidad de hermanar la realidad ficticia del texto con la realidad tangible de la experiencia humana; lo mismo sucede con el cine. El cine personal, o de autor si se prefiere, se caracteriza tanto por una técnica como por una narrativa atípica, es la otredad ante el hostigamiento de las películas taquilleras con tramas simples y personajes poco desarrollados, hay presencia de escenas complejas que invitan a cavilaciones profundas y, generalmente, los finales que se nos ofrecen omiten respuestas catárticas. Cuarón gestó una película personal de apariencia y ritmo poco convencionales, sí y con toda la intención, pero reducir una obra de meticulosa ejecución dentro del esnobismo que estigmatiza al cine de arte es una acción poco sensata que ignora la riqueza de la obra, además de ser una postura bastante cómoda desde la intrascendencia de la crítica.

Los textos son de quien los interpreta” mantra de un sinnúmero de literatos. Las películas también son nuestras, es debido a las múltiples interpretaciones que ofrecen las diversas ramas del arte que podemos hablar de música, de teatro y de diversos textos materializados en la pantalla o en el escenario. El arte, la literatura, el cine existen hasta nuestros días porque podemos resonar con ellos, en nuestro proceso desempeñamos un ejercicio de empatía que, además de colocarnos en situaciones ajenas, nos trae de vuelta a nuestras raíces, reparamos en los aspectos de una identidad que pasa inadvertida bajo las demandas de la rutina; pienso que apostar por una experiencia como la anterior nos supone uno de los actos más heroicos que podemos realizar, esa es una de las propuestas de Cuarón, de Liboria, de Aparicio.

Roma es una obra que prioriza temas universales como la respuesta ante el dinamismo, debido a la constante exposición de la vida doméstica y de los episodios emotivos que rigen la experiencia humana se vuelve posible reconocernos en la historia y entre los obstáculos, lamentos y victorias de los personajes. Roma no limita su capacidad de resonancia a las limitaciones del espacio y el tiempo, es una elegía a la memoria pero también se trata de una oda a la humanidad y a la belleza oculta en las faltas y metidas de pata de los imperfectos, de nosotros, de la gente.

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Luego llegó Cleo. A Cleo no la hicieron a partir de la costilla de Cuarón. Como si se tratase de la energía que no se ignora, Cleo emana por cuenta propia, impetuosa, incontenible bajo su calidez. Cleo se posó en nuestros corazones como si fuese un lugar hecho a la medida, representa las manos que orquestan una noble entrega colmada de compasión e indulgencia, manos hechas para alcanzar y sostener: alcanzar lo que se pierde, sostener al que lo requiera, sostenernos a los ajenos, a los espectadores. Reconozcamos que la discusión acerca de Roma se ha desarrollado de tal manera que algunos de los comentarios y críticas simplifican la ejecución del personaje de Cleo como tradicionalista al situarla dentro del arquetipo de la empleada doméstica, misma que ha desvirtuado la identidad y actuación de Aparicio: “Es que lo único que hizo es interpretarse a sí misma”.

Este es uno de los aspectos más relevantes a tratar, pues expone conductas racistas y clasistas al sugerir 1) que el oficio de empleada doméstica resulta humillante y es, por tanto, objeto de comicidad; 2) que la condición de una persona con rasgos indígenas se reduce a un rol de servidumbre y dependencia; y 3) que Aparicio carece de capacidad actoral para construir un personaje como Cleo por cuenta propia mientras atiende las orientaciones del director. Ante el panorama previamente bosquejado se puede afirmar que el discurso de odio y las tendencias racistas y misóginas todavía moldean la consciencia de la sociedad mexicana. La transformación ideológica deja de ser el capricho de los idealistas y se convierte en imperativo, por los que vienen, porque tenemos tanto que aprender de Cleo y todavía más de Aparicio.

Desde el aspecto argumentativo, creo que la elección de estructurar una narrativa en la que se enfatizara la profundidad de los personajes por encima de la trama funciona dentro del universo propuesto por Cuarón, además de mostrar la calidad de los actores, principalmente la de Aparicio. Mi apreciación respecto a la actuación de Aparicio es que fue realizada memorablemente: Aparicio conmueve, evoca una cantidad desmesurada de fortaleza en condiciones adversas mientras mantiene una bondad a la que sólo podemos aspirar, pienso que los personajes como Cleo son necesarios para abordar problemas en la cultura ideológica que subestima la generosidad. Celebremos los méritos de Roma, la sensibilidad bajo la que fue concebida, sus logros, el discurso que nos ha dejado, la dignidad ante la adversidad, a Aparicio, al arte, la visibilidad hacia las comunidades indígenas, nuestra identidad, la fraternidad que no conoce de vínculos ficticios. Creo que hay grandeza en todo esto, en reconocer la riqueza de una obra cargada de simbolismos y acertijos culturales, reiteremos la crítica, pero con educación porque ya nos tocaba.

Farina Rodríguez, Estudia la carrera de Docencia en Lengua y Literatura en la Universidad Autónoma de Baja California. El día que nació, su abuelo llamó a una estación de radio para felicitarlas a ella y a su madre. Le gustan los perros y escribir con pluma fuente.

Contacto: farina.rodriguez@uabc.edu.mx

Escrito por Redacción Linotipia

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