Por Ismael Enriquez

Estrías en el parabrisas

Te mueves con la corriente y no sabes a dónde te diriges. Eres parte de una gran masa de fuerza contenida. Las altas temperaturas cambian tu carácter provocando un acto de rebeldía. Te detienes bajo esos cuarenta grados centígrados, algo te golpea y te suspende fuera de la gran masa por un par de segundos, suficientes para caer y no levantarte. Caes. Te divides en dos. No tienes tiempo para recupérate, cuando una segunda oleada te golpea con más fuerza. Tu cuerpo debilitado, se desvanece transformándose en una especie de fantasma que flota invisible para la vista.

        Inconsciente y lejos de ser lo que fuiste, te arrastra una corriente de aire cálida, penetrada por una lanza fría que provoca un electroshock, y te solidifica. Despiertas. El proceso traumático no solo cambia tu personalidad, intentas moverte pero tu cuerpo parece estar congelado. Te das cuenta que hay cientos como tú, que se mueven dentro de una burbuja grisácea fría. Tu desesperación por moverte provoca una serie de choques que electrifican el ambiente. Un impacto te expulsa fuera de la burbuja. La velocidad con la que te alejas hace que a tu cuerpo se le forme una capa acuosa, permitiéndote una serie de parpadeos que se percatan de los cientos caen sobre ti. Tu nueva fisionomía líquida es golpeada de frente por un rastro húmedo en el aire, que te impide la vista. Te recuperas y te ves envuelto en una carrera maratónica. Gritos, risas y lamentos en todas direcciones.

        Los miles, se hacen cientos, y los cientos decenas. Impactos por todas partes, la colisión es inevitable. Intentas maniobrar para evitar caer y ser devorado por la multitud. Aparece un cuerpo imposible de reconocer, la luz lo convierte ante tus ojos en una sombra. Tu primera reacción es cerrarlos, no te da tiempo de apretar el cuerpo, un fuerte golpe te gira hacia atrás. Reaccionas y estás intacto y más grande. Un segundo golpe te impacta, te sorprendes al observar que te dividió dejando partes de él contigo.

        Los sucesos te confunden. Sigues con la multitud sin conciencia de a dónde te diriges, el camino se divide. Una parte del grupo va hacia la protuberancia reseca y cafesosa. Las otras van de prisa, en busca de esa gran masa de agua azul para hidratarse. Tardas en decidir, y una ráfaga de viento te impacta contra el autobús. Escurres. Haces estrías en el parabrisas.

 

 

Ismael Enriquez es estudiante del cuarto semestre de la licenciatura en Lengua y literatura de Hispanoamérica en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales UABC

Escrito por Redacción Linotipia

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