Por Selena Díaz Rubio
Imagen: Pixabay

Vacío

 

Despierto acostada en una cama. Lo primero que veo es ese color blanco inundando mis ojos hasta encandilarme junto con las paredes, los muebles y las sábanas del lugar donde me encuentro tendida. La luz artificial ilumina la habitación. No sé dónde estoy. Al menos no hasta que pongo atención a mis otros sentidos. Me resulta difícil moverme, lo intento y todo el cuerpo me duele, no puedo mover los brazos, se sienten entumecidos con pequeños calambres que se abren paso a través de mis terminaciones nerviosas. Tampoco puedo hablar, algo me lo impide.

La desesperación comienza y en ese momento es cuando escucho de mi lado izquierdo un pitido acelerado, volteo y en ese momento me percato de dónde me encuentro. Escucho mis veloces latidos en un monitor de ritmo cardiaco. Estoy en un hospital, pero no recuerdo porqué. El registro del monitor alertó a los enfermeros. Enseguida, entra un hombre acompañado de dos mujeres. Ven que estoy despierta y las dos mujeres comienzan a revisar los aparatos conectados a mí. Mientras, el hombre se acerca al costado de mi cama y con voz suave me dice que estoy entubada y que para poder hablar conmigo me lo tiene que quitar, yo solo asiento. El tubo hace su camino para salir fuera de mí através de mi garganta. Las enfermeras se retiran después de revisar que todo esté en orden y me quedo sola con el hombre.

Ahora sé que es doctor, me hace preguntas simples, ¿cuál es mi nombre?, ¿cuántos años tengo?, ¿dónde nací?, ¿cuándo es mi cumpleaños?, yo sé la respuesta a todas esas preguntas, me llamo Emma Araiza, tengo 23 años, nací en Chetumal, Quintana Roo y cumplo años el 9 de julio. No es hasta que me pregunta “¿Recuerdas qué pasó?” que me quedo perpleja. No, no recuerdo lo que pasó. Sin emitir palabra niego con la cabeza y el doctor apunta algo en los papeles que tiene sujetos en una tabla de aluminio. Poco después, se va y me quedo sola de nuevo. Miro por la ventana que no sabía que estaba allí, no tiene cortina está a unos tres metros de mí y me avisa que es de noche y está lloviendo. Me pierdo momentáneamente mirando la copa de un árbol moverse por el aire en el fondo y más cerca, las gotas de agua resbalando en el cristal de la ventana dejando a su paso una estela de humedad. Esas gotas de agua avivan una ráfaga de recuerdos…

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Yo iba de copiloto en un carro con mi novio, Alex, al volante, ya estaba oscureciendo. Íbamos a hacer un viaje por carretera a Mérida para visitar a sus padres por su aniversario de bodas. llovía fuerte, pero no podíamos perder tiempo, esperar a que parara la lluvia no era opción, no llegaríamos a tiempo para la fiesta sorpresa del día siguiente. No había muchos carros, y podíamos ir con tranquilidad pero justos de tiempo. Llevábamos la radio encendida cantando cada canción que salía por los altavoces mientras Alex golpeaba el volante al ritmo y hacía las armonías. Estábamos pasando un buen momento.

En eso, vimos un carro en sentido contrario que venía a alta velocidad. Nuestra vista no estaba tan clara por la lluvia torrencial que chocaba contra el parabrisas. No tuvimos tiempo para reaccionar. Alex extiende su brazo derecho hacia mi pecho por inercia para que no choque con el tablero, mientras que con la mano izquierda maniobra el volante para esquivar el carro, no funcionó.

El carro chocó contra nosotros y provoca, por la fuerza del impacto, que ambos nos aceleremos hacia el tablero del auto. Cuando abro los ojos desorientada, siento las gotas de lluvia fresca caer en mi rostro y resbalar hasta mi falda ya con manchas rojas. El parabrisas roto y busco a Alex, él está inconsciente recargado en el volante. Lo recargo en el asiento. Hay mucha sangre en él, tiene una herida en la frente y le sangra la nariz, también hay sangre sobre su camisa, pero no estoy segura de donde proviene, lo muevo hasta que despierta.

Intenta moverse pero hace una mueca de dolor y desiste, estira la mano hacia mí y toca mi mejilla, veo sus ojos llorosos, no dice nada. Poco a poco noto como comienza a perder expresión y su agarre pierde fuerza hasta que su mano cae. Desesperada quito las gotas de mi cara, sin saber si son de la lluvia o lágrimas. Lo muevo y no reacciona.

Me siento débil, pero no paro de moverlo para que reaccione… El último recuerdo que tengo de él, es como una gota de agua resbala por su mejilla. Una sola gota de agua, una última lágrima.

Salgo de mi vacío mental, sigo postrada en la cama, viendo hacia la ventana, me exalto al sentir una gota que resbala por mi cuello, con la mano derecha limpio las lágrimas que se aglomeran en mis ojos. No estaba lista para recordar.

 

Selena Diaz Rubio, es estudiante del cuarto semestre de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Baja California..

Escrito por Redacción Linotipia

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