Foto: Carlos Alberto Flores para Flickr
por Eva Yescas Molina

Las once mil vírgenes

 

“Una vez me bajé del taxi me di cuenta de que estaba oscuro y no había nadie. Me enfoqué en seguir caminando deprisa. En un momento, sentí un escalofrío y me abracé a mí misma, volteé hacia atrás y me di cuenta de que no muy lejos de mí había un hombre caminando”.

 

Vivía con la seguridad de que jamás me pasaría nada.

No me consideraba una chica fea, pero tampoco muy guapa. Apenas desperté, sentí que ese día era distinto, no sabía porqué. Como de costumbre, me levanté temprano y me arreglé para ir a la universidad; nada fuera de lo común, ropa cómoda no muy “provocativa”.

Salí de mi casa a la misma hora de siempre y me dirigí a la parada de camiones, quedaba un poco lejos. Había mucha gente por el camino, sobre todo hombres y ya estaba acostumbrada a que alguno dijera o hiciera algún comentario estúpido que me hiciera sentir incómoda: “te voy a dar hasta quedarme seco”, “con ese culo has de cagar bombones, mamasita” o “mamasita, yo si te bajo tu regla a chupetones”. Además de los “piropos” de los hombres, llegué sin ningún inconveniente. Tomé el camión que me dejaba frente a la universidad.

Las clases pasaron de lo más normal, ningún problema, mucha información para procesar y una que otra tarea. No acostumbro salir, pero ese día sí tenía ganas de divertirme un poco, así que fui con mis cuatro amigas a un bar cercano a la uni. Nos la pasamos muy bien; platicamos y reímos de todo. Estuvo tan bien que se nos pasó la hora y, cuando nos dimos cuenta, ya eran las nueve de la noche, tendría que apresurarme para alcanzar un taxi.

Tres de mis amigas se fueron por un lado a tomar su transporte y otra de ellas y yo fuimos por el lado contrario. En la parada había muy poca gente: dos señoras platicando en voz baja, y un señor al que no le tomé mucha importancia. Llegó el taxi y todos subimos a él. Mi amiga baja mucho antes que yo, así que cuando llegamos a su destino me despedí de ella con un fuerte abrazo.

Una vez me bajé del taxi me di cuenta de que estaba oscuro y no había nadie. Me enfoque en seguir caminando deprisa. En un momento, sentí un escalofrío y me abracé a mí misma, volteé hacia atrás y me di cuenta de que no muy lejos de mí había un hombre caminando. Me apresure lo más que pude, pues todavía faltaba camino por recorrer. Voltee una vez más, salte del susto, pegué un pequeño grito y abrí mucho los ojos. El sujeto estaba frente a mí, era el mismo que había visto en la parada. Ni siquiera me di cuenta cuando bajó del taxi.

No pude reaccionar cuando me atrapó fuerte de ambos brazos y me jaló hacía él. La sorpresa y el impacto con su cuerpo causaron que soltara el aire de golpe. No podía reaccionar, no entendía aún lo que estaba pasando ni lo que estaba por pasar. Me tapó la boca y comenzó a arrastrarme; ahí fue cuando comprendí lo que pasaría. Jamás en mi vida había sentido tanto miedo como en ese momento. Sentía que no podía respirar bien. Mi corazón estaba más acelerado que nunca, incluso me daba la impresión de poder escucharlo y quién sabe si él también. Mis manos sudaban. Mi respiración, junto con mi cuerpo estaban temblorosos. Un frío indescriptible me recorría por dentro y mis ojos ardían.

Cuando me di cuenta de que estábamos alejados de todo reaccioné e intenté zafarme de él. Era demasiado fuerte y lo único que estaba consiguiendo era cansarme y que el imbécil se riera, me dieron escalofríos. Su aliento chocó contra mi cara, era un olor desagradable. Aunque tenía ganas de gritar y llorar mi cuerpo parecía haberse bloqueado.

A pesar de que no podía emitir ningún sonido, me puso un trapo sucio y maloliente en la boca; me provocó arcadas y mis ojos se pusieron llorosos. Acercó su boca a mi oído y dijo: “qué rica estás”, después hizo un sonido parecido al jadeo. Comencé a llorar como nunca y me dijo que me calmara, que no era la primera y que no sería la última; sabía que tenía razón, pero no dejaba de ser doloroso.

Después de eso comenzó a destrozar mi ropa bruscamente, incluso recibí unos cuantos rasguños en el proceso. Trataba de defenderme, en serio lo intentaba, pero solo recibía golpes por todo el cuerpo y el rostro. Mientras yo moría de dolor, tanto físico como emocional, él se divertía conmigo, con mi cuerpo, con mi sufrimiento. Pasaba sus ásperas y sucias manos por todo mi cuerpo una y otra vez; en ocasiones de manera lenta y en otras, agresivamente. Pasaba su asquerosa lengua por donde sus manos habían estado, era humillante.

No podía dejar de llorar, sentía un dolor en el pecho, era sofocante. Después de tocarme a su antojo, me penetró; sus gemidos hacían que me sintiera peor. Saber que se divertía a costa de mi sufrimiento, no lo soportaba. Una vez estuvo satisfecho, cayó a un lado de mi cuerpo, con un brazo y una pierna alrededor. En ese momento ya no sentía nada; no había dolor, tristeza o enojo, quizá había un poco de asco por lo que permití que hiciera a mi cuerpo, y mucha vergüenza. Ni siquiera tenía ya ganas de llorar.

Cuando se recuperó, se levantó. Dijo que, aunque se había divertido mucho, no podía dejarme viva. No dije nada, ni me resistí. Se subió encima de mí y puso sus manos alrededor de mi cuello. Sentí como la sangre y la presión se acumulaban en mi cara, sobre todo en mis ojos. Dejé escapar una última lágrima.

Mamá, papá, lamento no haber tenido la fuerza suficiente para luchar esta noche. Lamento también haber salido a divertirme con mis amigas. Lamento el sufrimiento que de ahora en adelante les causará lo sucedido. Ojalá, al menos, mi muerte sea la última, lamentablemente, sé que no será así.

Nota:
Tijuana, con cinco feminicidios.-
Daniel Ángel Rubio
https://www.elsoldetijuana.com.mx/local/tijuana-con-cinco-feminicidios-4128003.html

«Las once mil vírgenes» es parte de la antología “Las Muertas narran”
hecha por mujeres universitarias quienes, a través de
la literatura, se manifiestan contra el feminicidio
inspirándose en notas periodísticas reales.

La intención de estas narraciones es re-humanizar a las víctimas
de la violencia de género y darles una voz póstuma para
que cuenten la historia que ellas no pudieron contar.

Eva Yescas Molina, es estudiante del tercer semestre de la Licenciatura en Lengua y Literatura de Hispanoamérica de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la UABC.

Escrito por Redacción Linotipia

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