Imagen de Antonio Manfredi para Flickr
Por Deisy Medina Sarmiento

Un cuento sin hadas

 

“La reina salió de su morada, decidida a encontrar a su hija. Dejó atrás el trono y puso al reino entero a unirse a la búsqueda. Algunos iban de pueblo en pueblo con los anuncios en mano tocando puertas y preguntando si habían visto a una joven de 16 años, de cabello color castaño, estatura de 1.57 m y que cuando se le vio por última vez traía puesto un vestido color celeste”.

“Se busca a la princesa, hace dos días que salió del castillo y no se le ha vuelto a ver. Si la has visto comunícate de inmediato conmigo” Anunciaba un cartel pegado en el tronco de un árbol que llevaba cables por ramas y hojas.

La reina salió de su morada, decidida a encontrar a su hija. Dejó atrás el trono y puso al reino entero a unirse a la búsqueda. Algunos iban de pueblo en pueblo con los anuncios en mano tocando puertas y preguntando si habían visto a una joven de 16 años, de cabello largo color castaño, con una estatura de 1.57 m aproximadamente y que cuando se le vio por última vez traía puesto un vestido color celeste.

Algunos pueblerinos especulan sobre los motivos de la ausencia de la princesa: que se fue con el primer hombre que se cruzó en su camino y le endulzó los oídos, o quizás por el vestido que llevaba provocó a algún villano. “Así como se van, regresan, así son los muchachos, nacen enamorados de la vida, se desaparecen y vuelven con criatura en brazos” le había dicho una anciana a la reina mientras la repasaba con la mirada desde arriba hacia abajo. “Pero es solo una niña” le había respondido la reina apretujando contra su vientre uno de los anuncios con la fotografía de su hija, “mi niña”.

Después de la ardua difusión de la búsqueda de la princesa, todo el mundo estaba enterado de la pieza faltante en el castillo. El tiempo ya no era el mismo, puesto que dos días se convirtieron en dos semanas. Y la reina, que siempre fue respetada por su fuerte temperamento, fue consumiéndose en la esperanza de que la encontraran. Antes, se le veía imponente en su trono, liderando su reino con serenidad. Ahora solo da vueltas por todo el castillo, le prohibió a sus doncellas el aseo para poder limpiar ella de manera compulsiva. Evitaba estar estática en un solo lugar, pues bien sabía que si paraba se ahogaría en el charco de sus lágrimas.

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Pasó un mes, y la reina, desesperada, se adentró en el bosque maldito y acudió con la bruja del reino, la desterrada. Se plantó en la puerta de la casucha de la bruja y dio dos golpes a la puerta de madera, no dio un tercer golpe porque la puerta ya se había abierto. “Pasa” le había ordenado la bruja desde dentro. Cuando la reina entró la puerta se cerró a sus espaldas y avanzó entre la penumbra, hasta que vislumbró las velas encendidas que alumbraban tenuemente el rostro de la bruja, resaltando sus dorados ojos.

Mientras se acercaba la bruja dijo –ya sé a qué vienes, y sé dónde está–. Los pies de la reina dejaron de andar para plantarse en el suelo, –¿dónde?–. La voz de aquella mujer se escuchaba muerta, siendo que viene de un ser vivo. Una pequeña curva interrumpió la línea recta que habitaba en los labios de la bruja. –Si piensas que he sido yo, te equivocas, tu hija está más cerca de lo que piensas. Está en el castillo, me lo dijo en un sueño, advirtió tu desesperada visita. Fue horrible, me lo contó todo. Por más malvada que me crean jamás le desearía eso a ningún mortal.

La mirada de la reina se clavó en la nada, en busca del todo. Una lágrima se asoma al filo de su párpado inferior y decide suicidarse lanzándose al vacío. “Mi hermano” dijo antes de darse la media vuelta y salir corriendo del lugar.

Pensó en todas las veces que su niña le advirtió de los maltratos de su tío, pero ella siempre lo pasaba por alto, o simplemente no creía a su hijo capaz. Se culpó, por la desaparición de su hija. Sabía que su hermano era un monstruo, pero no uno de esos que se comen la pureza de una niña, de su sobrina.

Entró al dormitorio de su hermano, y buscó por todas partes. Hasta que al fin la encontró, después de tanto tiempo. Guardada como muñeca en una caja, pero una muñeca rota. Su alma se fragmentó al ver el cuerpo destazado de su hija. “Maldito seas, tú y la sangre que corre por nuestras venas” las cuerdas vocales de la mujer amenazaban con desgarrarse por el grito que dio. Tomó entre sus manos la cabeza de la joven princesa, le besó la frente tal cual hacía todas las noches antes de ir a dormir y se disculpó –Lo siento tanto hija mía, pedazo de mi vida, te prometo que esto no se quedará así.

Y la reina, aceptando su pasado sintió la magia correr debajo de su piel, el poder le hormigueaba por todo el cuerpo. Hizo aparecer al monstruo que se decía era su hermano y este aceptó su destino.

–Lo hiciste conmigo, me violaste a mí y me lo callé, ¿pero a ella? ¡La mataste!
–Tampoco le creíste, como no te creyó nuestro padre.

Y la reina al fin pudo deshacerse de su victimario, pero se había quedado sin su princesa para contarlo.

Nota:
Aumentan feminicidios en Tijuana por Arturo Salinas
https://www.excelsior.com.mx/nacional/aumentan-feminicidios-en-tijuana/1273631


«Un cuento sin hadas» es parte de la antología “Las Muertas narran”

hecha por mujeres universitarias quienes, a través de
la literatura, se manifiestan contra el feminicidio
inspirándose en notas periodísticas reales.

La intención de estas narraciones es re-humanizar a las víctimas
de la violencia de género y darles una voz póstuma para
que cuenten la historia que ellas no pudieron contar.

 

Deisy Medina Sarmiento es estudiante del tercer semestre de la Licenciatura en Lengua y Literatura de Hispanoamérica de la UABC.

Escrito por Redacción Linotipia

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