“De ambos lados de la frontera hay sueños, también violencia, desesperación y soledad”.

Por André Mastache

Uno de los mayores sentimientos que manifiesta el ser humano es la nostalgia, sin importar la edad, género o lugar donde nacimos; en algún punto de nuestra vida sentimos que extrañamos un lugar, tal vez una persona, amigo, familiar, un viejo amor, una época distinta a la que nos encontramos actualmente. 

Eso es lo que sucede con Ulises el protagonista en la más reciente película del director mexicano Fernando Frías de la Parra, Ya no estoy aquí. Una cinta que en las últimas semanas ha llamado mucho la atención a nivel nacional e internacional, debido a su distribución a través de la plataforma de Netflix. 

Es complicado situar el filme de Frías de la Parra en un solo género cinematográfico, a pesar de su mediada duración, el director y escritor de la obra, logra hablarnos de muchísimas cosas, y lo hace sutilmente, no cae en pretensiones ni metáforas demasiado elaboradas, sino que opta por mostrar a sus personajes como lo que son: personas, en búsqueda de forjar una identidad, con gustos, amistades y, por supuesto, problemas como cualquier ser humano. 

Un punto que a gran parte de los cineastas, directores, guionistas y productores de nuestro país se les olvida; la representación digna y honesta de los mexicanos. La película nos presenta la historia de Ulises, un joven de 17 años que vive en la ciudad de Monterrey, perteneciente al movimiento contracultural conocido como Kolombia, una subcultura que tuvo origen en dicha capital de Nuevo León, en la que sus miembros disfrutaban de escuchar y bailar cumbias colombianas, con la característica de rebajar el ritmo de éstas, volviéndolas más lentas. 

Después de un altercado con miembros de un cártel vecino, la vida de Ulises correrá peligro, por lo que tendrá que abandonar su ciudad y emigrar a Estados Unidos, al distrito de Queens, en Nueva York, dejando atrás no solo sus raíces y su familia, también parte de la identidad que amaba tanto: la música, el baile, y las cumbias colombianas. 

Al comienzo del texto mencionaba que la nostalgia es uno de los sentimientos que constantemente invaden al ser humano, pues precisamente eso ocurre con Ulises, no obstante, no se trata de añorar lo vivido durante el sexenio de Felipe Calderón (2006-2012), en el cual se nos da a entender conforme avanza el filme que está desarrollada la trama.

Como casi todos podemos saber, a finales de los 2000 e inicios de la década pasada; las cosas no estaban (ni lo están, claramente) nada bien en el país, con un México azotado por la violencia en todas sus manifestaciones, el narcotráfico, las desigualdades sociales y la falta de justicia. 

Es evidente que no es algo que extrañamos, al tratarse de un lamentable contexto social, el cual cada vez se torna como parte de nuestra normalidad, cuando lo alarmante es pensar en el punto en que lleguemos a percibirlo como algo natural, rebasando de esta manera nuestra capacidad de asombro ante todo lo relacionado a la violencia en los medios masivos de comunicación, como lo son el cine, televisión, noticias y demás.

El tema de la migración es uno de los recursos que más se han utilizado en el nuevo cine mexicano, en este caso no es la excepción. Regularmente los directores retratan este proceso llevándolo a una especie de fantasía telenovelesca, con una historia sobre cierto individuo, que tiene el sueño de irse a vivir a Estados Unidos, al principio falla, pero acto seguido y en poco tiempo se encuentra feliz, cobrando en dólares, y fin. 

En Ya no estoy aquí afortunadamente esto no es así, nos muestran los problemas migratorios de una manera real, poco alentadora, pero honesta. No como un sueño que se cumpla de la noche a la mañana y que todos fácilmente tienen la posibilidad de alcanzar, sino como uno de los resultados de la violencia que se vive en México diariamente, factor que podemos encontrar en cualquier otra región del mundo dominada por la guerra, los conflictos bélicos y la deshumanización latente. 

Sobre la representación de la subcultura de los denominados cholombianos, Fernando Frías consigue encapsular de forma satisfactoria y respetuosa la esencia del movimiento. No solo invita a la audiencia a no dejarse llevar por prejuicios, además rompe con cualquier tipo de convenciones impuestas por la sociedad, las cuales dictaminan qué está bien visto y qué no. 

Al día de hoy, se podría decir que los Kolombia están desaparecidos del país, simplemente ya no están aquí, fueron víctimas de la ignorancia y las ideas de gente pensando que se trataba enteramente de una organización delictiva; ellos y de la llamada Guerra contra el narcotráfico, iniciada en 2006 por el ahora ex Presidente Felipe Calderón,  que a más de 10 años después de haber sido emprendida, solo ha dejado miles de desaparecidos y muertos en nuestro país. 

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Poco a poco fueron acabando con la tribu urbana, la cual consistía en todo un fenómeno híbrido de otras culturas, como los cholos de Los Ángeles, con elementos propios de los migrantes colombianos que llegaban a Monterrey.

Dicha subcultura engloba un amplio mundo respecto a su estética, indumentaria, peinados que emulan a las culturas mesoamericanas, coloquialismos y hermandad, hasta el más mínimo detalle utilizado como medio de expresión tenía una gran carga simbólica y emocional.

Todo eso y más es lo que representa al joven Ulises, de apenas 17 años de edad, etapa de la adolescencia en la que aún nos preguntamos quiénes somos, y estamos en búsqueda de algo o alguien que nos haga sentir que no estamos solos en el mundo, cosa que el personaje ha encontrado en  la música y la cultura colombiana.

Al verse obligado a abandonar Monterrey, no solo deja ir los elementos más importantes de su vida, sino que está perdiendo parte de su identidad, de saber que pertenecía a una comunidad en la cual era querido, y es que, sin sus amigos, las cumbias no son lo mismo.

Aunque Ulises no lo desee, es transportado ilegalmente a un país en el que continúa siendo parte de la minoría, bajo la barrera comunicativa del lenguaje y el miedo de estar en absoluta soledad, sin nadie que lo ayude a salir adelante, indefenso y vulnerable ante la amenaza aparentemente más insignificante. 

A decir verdad, el personaje de Ulises (interpretado espléndidamente por el músico y actor primerizo; Juan Daniel García Treviño) es en ocasiones obstinado, porque no acepta la idea del cambio y la adaptación, haciendo honor al nombre de su clika (Los Terkos), es terco como todo buen adolescente.

En su nuevo “hogar”, se hace amigo de Lin, una chica que posiblemente también sea inmigrante, y que ve maravillada en él una especie de espejo, brindándole su amistad y su ayuda, mientras que el carácter desconfiado de Ulises hace que se niegue a aceptarla como una persona que pueda ser su amiga, negándose la oportunidad de empezar desde cero en otro lugar. 

A pesar de esto, el protagonista sí logra tener una evolución al final de la obra, pues al igual que en O Brother, Where Art Thou? (2000) de los hermanos Coen, o en La odisea (siglo VIII a. C.) de Homero, los tres Ulises de cada historia regresan a su lugar de origen, dándose cuenta que ya no es el mismo sitio del que se fueron. 

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La capacidad de brillar por parte de cada personaje e incluso de la banda sonora se debe en gran medida gracias al trabajo del talentoso cinematógrafo mexicano, Damián García, quien ha demostrado ser uno de los directores de fotografía más dedicados y ambiciosos de la actualidad. 

Hemos sido testigos de su habilidad para capturar un México sombrío en cintas como Güeros, Museo, El Infierno y Pastorela, y por supuesto que en Ya no estoy aquí dicha característica se encuentra presente. 

Desde el gran plano general de la ciudad de Monterrey con el que da inicio la película hasta las más íntimas expresiones en el rostro de Ulises y Los Terkos, la imagen es en todo momento visualmente atractiva gracias a sus planos abiertos que nos permiten adentrarnos al contexto de los personajes, como si estuviéramos junto a ellos.

Sobresalen los movimientos de cámara donde seguimos principalmente a Ulises, como si fuera él contra el resto del mundo, al igual que las pausadas tomas en las que predominan las luces neón de los diferentes puntos de Nueva York

Cada fotograma mostrado está meticulosamente cuidado en su composición, dando como resultado un encuadre fresco, elegante e innovador. El diseño de producción también está muy bien estudiado, pues se asemeja en su mayoría con la realidad de aquellos años. 

Por fin! Ya tiene fecha de estreno 'Ya No Estoy Aquí'

Con un estilo casi de documental, Frías de la Parra reinventa este gran drama mexicano con matices que van desde el coming-of-age, pasando por el humor en lugares donde la alegría parece olvidada, hasta los acontecimientos sociales que han marcado nuestro país a lo largo de los últimos años.

Ya no estoy aquí es un auténtico viaje por la subcultura de los Kolombia, desde los ojos de Ulises conocemos el contraste significativo entre dos ciudades, dos mundos completamente distintos, pero que tienen en común el factor humano; de ambos lados de la frontera hay sueños, también violencia, desesperación y soledad.

“Ya no estoy aquí”

(2019, dir. Fernando Frías de la Parra)

País: México | Duración: 112 minutos

André Mastache: Amante del séptimo arte, las películas de Pedro Almodóvar, la crítica y el análisis cinematográfico. Estudiante de Ciencias de la comunicación en UABC. Desde 2019 escribe y habla sobre cine en Cinema ‘Stache

IG: @andre.mastache | @cinema.stache

Escrito por Redacción Linotipia

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