Sonrió, quizá le parecía divertido, pero a mí todo esto de la maternidad me daba vueltas, me asustaba demasiado.

Por: Leyda Mariscal

–¿Qué piensas Jade? –preguntó cuando ya estábamos en la cama. 

–No puedo ver mis pies –dije a punto de llorar –esta panzota no me deja verlos. 

–¿Le pasa algo a tus pies? –preguntó en tono divertido –solo estás nerviosa Jade. 

–¿Y si al crecer nos pregunta dónde está su papá?

         Sonrió, quizá le parecía divertido, pero a mí todo esto de la maternidad me daba vueltas, me asustaba demasiado. Por mucho tiempo había logrado mantener callada mi mente, pero a horas de su nacimiento, no podía controlar las ganas inmensas de llorar y preguntarme si habíamos hecho lo correcto en ir contra de todo y de todos. 

–Todo estará bien. –dijo con una voz tierna. 

–Eso dices porque no eres tú quien la lleva dentro. –dije un poco molesta, casi renegando. 

         No habíamos podido concretar un parto natural, la ginecóloga decía que mis caderas eran estrechas y que lo más seguro para la niña y para mí era una cesárea. Con el miedo que me daban las operaciones, poco me faltaba para salir corriendo del hospital, pero tenía más miedo de que algo pudiera pasarle a nuestra hija, así que respiraba profundo cada cinco segundos para mantener el valor dentro de mí. 

–Ven, déjame ser tu respaldo un momento para sobar tu pancita. 

         Con muchos trabajos me senté, se puso detrás de mí y con sus manos heladas acarició mi piel estirada. La bebé se movió al instante, curiosamente nos reconocía, solo bastaba hablar un poco para que comenzara a patear y moverse como loquilla. 

–No tengas miedo, amor, yo estaré junto a ti en cada momento. –sentí un nudo en la garganta. Sus labios besaron mi cuello y comenzó a tararear una nana. 

         Su cercanía me tranquilizó. Suspiré profundo. Segundos después entró una enfermera y nos miró como si estuviéramos a punto de entrar a la antesala de la muerte. 

–Es hora. –dijo con un tono entusiasta. Temblé, sentí un frío recorrer mi cuerpo, un miedo y una angustia terrible me invadieron. Quería correr, gritar, sentí mi corazón palpitar con fuerza. La niña dentro de mí comenzó a moverse; sí, ya quería verla, besarla. 

–Pongámosle nombre. –dije de pronto. La enfermera nos miró con algo de impaciencia, pero nos brindó ese momento. –No quiero entrar a esa sala sin que le pongamos nombre. Quiero que se llame como tú. –sonrió, besó mi frente, mis manos y mi vientre. –¿Te parece? –asintió. 

Bajó rápidamente de la camilla y se paró junto a mí. Después volteó con la enfermera y con un gesto comunicó que podía continuar. Tomé su mano. 

–Solo puede entrar su pareja. –dijo la enfermera un poco molesta. 

–Ella es mi pareja. –dije. Volteé a verla. –Yoan, quiero que se llame como tú: Yoana. Sí algo pasa, necesito que así lo hagas.  

–Estarás bien Jade. Estamos juntas en esto.

Se acercó a mí, tomó mi nuca entre sus manos y me besó con fuerza, como si fuera el primero o el último de nuestra vida. Yo la amaba, ella me amaba y juntas, tendríamos una hermosa hija que conocería del amor.

Photo by Daan Stevens on Unsplash

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Leyda Mariscal: Leyda Sinaí Mariscal Arciniega. 25 años de edad, mexicana, nacida el 22 de septiembre de 1994, Zapopan Jalisco. Egresada de la carrera de Ingeniería Química, cursada en la Universidad de Guadalajara. Actualmente estudia el segundo semestre de la carrera Escritura Creativa en la Universidad de Guadalajara. Participante en la primera antología de Edición Iturbide, “No a la violencia hacia las mujeres” con el cuento: “Alguien más”. Cuatro novelas terminadas, una de ellas en posible edición. Cuentista y Novelista

Escrito por Redacción Linotipia

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